Material de lectura para las sesiones del tercer ciclo del taller de escritura creativa Descubre tu propia voz. Acá encontrarás links para descargar los cuentos, ver audiovisuales y los videos de las sesiones. 

MATERIAL PARA LA SESIÓN #9: Leeremos los cuentos: 1. De qué hablamos cuando hablamos de amor, descargar aquí –} De qué hablamos cuando hablamos de amor-Raymond Carver y 2: Principintes, descargar aquí –} Principiantes-Raymond Carver, ambos de Raymond Carver. El primero es la versión que se conoce, la publicada en el libro que lleva el mismo nombre y la segunda es la versión inicial que escribió el autor antes de la intervención de su editor. Entonces la idea es comparar esas dos versiones, mirar cómo cambian, qué quedó, qué fue eso que el editor de Carver decidió sacar de la versión final y que muchas veces hace parte de lo que caracteriza el celebrado estilo de Carver. 

Información sobre el libro de cuentos DQHCHDA

De qué hablamos cuando hablamos de amor es una colección de cuentos del escritor estadounidense Raymond Carver publicada en 1981; así como el título de una de las historias de la colección.​ Al igual que su colección de cuentos anterior, la obra se cataloga dentro de la ficción minimalista al igual que dentro del movimiento del realismo sucio.

Carver y la cultura pop

La película Birdman es una adaptación bastante particular del relato carveriano, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, ya que contiene la tesis de fondo aunque no respete el orden del relato.​ Se ha dicho que Birdman, aunque no sea una reproducción fiel del cuento, asume lo más característico de los textos de Carver, lo trae a nuestros días, convirtiéndose así en una verdadera adaptación. Abajo les dejo el trailer.

Andrés Calamaro y Fito Páez son algunos de los músicos que han referenciado el cuento DQHCHDA en la letra de sus canciones, abajo les dejo los enlaces para que las escuchen.

La obra de Carver y el “misterio necesario”

“Alessandro Baricco (1999: 45) fue uno de los primeros en escribir sobre la figura de Gordon Lish, el editor que, a través de sus correcciones, acabó determinando el estilo de Carver. Según este crítico lo que resultaba nuclear en la obra del norteamericano era su afición por mostrar comportamientos que el lector entendía como verosímiles pero que eran, a la vez, inexplicables. En sus relatos se describe a personas que llevan una vida convencional y que, sorprendentemente, son actores de un suceso extraordinario. Y todo ello narrado de manera que el lector lo comprenda como factible. Por eso en la obra de Carver siempre habría un desasosiego estructural. Para Baricco:

“lo que se narra allí es una violencia que nace, sin explicaciones aparentes, en un terreno de absoluta normalidad. Cuando más violento y sin motivo es el gesto y quien lo cumple es una persona absolutamente ordinaria, más aquel modelo de historia se vuelve paradigma del mundo y esbozo de una revelación inquietante sobre la realidad. Demasiado inquietante y fascinador para que no sea tomado en serio” (1999: 45).”

La anterior cita fue tomada del artículo De qué hablamos cuando hablamos de Birdman, What we talk when we talk about Birdman de José Bernardo San Juan – C. U. Villanueva –.

Trailer de la película Birdman

Estas son un par de canciones que referencian el cuento:

Fito Páez-The Shining of the Sun

El beso que pudo curar la línea del terror y ya no estar solos los dos.

Andrés Calamaro-No se puede vivir del amor

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, le dijo Romeo a Julieta en el balcón. Suena mal y no importa la razón, uh no se puede vivir del amor.

 

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MATERIAL PARA LA SESIÓN #8: Leeremos: 1. Cinema Árbol de Efraim Medina Reyes, el cual pueden descargar aquí: Cinea árbol-Efraim Medina Reyes; 2. Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti, el cual pueden descargar acá: Juan Carlos Onetti – Un sueño realizado; 3. El cortometraje Cinema Árbol, dirigido por John Jairo Narvaéz, basado en el cuento de Efraim Medina, el cual pueden ver acá:

 

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MATERIAL PARA LA SESIÓN #6: Leeremos: 1. El niño proletario de Oswaldo Lamborghini, el cual pueden descargar aquí:  EL NIÑO PROLETARIO ; 2. Como el hambre, como el amor, de Giuseppe Caputo, el cual pueden descargar aquí: COMO EL HAMBRE-COMO EL AMOR; 3. Campamento indio de Ernest Hemingway, el cual pueden leer directamente acá:

Ernest Hemingway
(1899-1961)

Campamento indio
(“Indian Camp”, 1925)
In Our Time (New York: Boni & Liveright, 1925)

      Habían preparado otro bote en la orilla del lago y dos indios esperaban a su lado.
Nick y su padre se colocaron en la popa y los indios pusieron la embarcación en marcha. Uno de ellos remaba. Tío Jorge se sentó en la popa del bote del campamento. El indio joven lo alejó un poco de la orilla y después montó para remar.
Las dos embarcaciones empezaron a navegar en la oscuridad. Nick oyó el ruido de los remos del otro bote, más delante, ya que la niebla le impedía verlo. Los nativos remaban con golpes rápidos y violentos. Nick estaba recostado, y su padre lo rodeaba con el brazo. Hacía frío en el lago. El indio remaba con todas sus fuerzas, pero el otro bote siempre le llevaba ventaja.
— ¿Adonde vamos, papá? —preguntó Nick.
—Al campamento indio. Hay una señora muy enferma.
— ¡Ah! —dijo Nick.
El bote de Tío Jorge llegó antes a la otra orilla. Cuando ellos desembarcaron, ya estaba fumando un cigarro. La oscuridad era completa. El indio joven empujó el bote hacia la playa y Tío Jorge les dio cigarros a los dos remeros.
Después atravesaron un prado empapado de rocío. El joven indio iba delante con el farol. Pasaron por el monte y siguieron un sendero hasta el camino. Allí había más luz, pues el monte estaba cortado a ambos lados. El guía se detuvo y apagó el farol de un soplo. Finalmente, avanzaron todos por el ancho camino.
Doblaron una curva y apareció un perro ladrando. Más allá se veían las luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron al encuentro de los recién llegados. Los dos indios los hicieron regresar a las chozas. En la que estaba más cerca del camino, había luz en la ventana, y en la puerta esperaba una anciana con el farol encendido.
Dentro, una india joven estaba tendida en una litera de madera. Durante dos días había tratado de dar a luz. Todas las ancianas del campa-mento la habían ayudado. Los hombres por su parte, iban a fumar al camino, lejos de allí, por no oír los lamentos de la mujer. Cuando Nick y los dos indios entraron detrás de su padre y Tío Jorge, estaba gritando. Estaba acostada en la estera inferior. Parecía enorme bajo la colcha. La litera superior la ocupaba su marido, que tres días antes se había cortado un pie con el hacha. Fumaba en pipa. La habitación olía que apestaba.
El padre de Nick ordenó que pusieran un poco de agua al fuego, y mientras se calentaba habló con el muchacho:
—Esta señora va a tener un hijo, Nick.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes —prosiguió su padre—. Escúchame. Está sufriendo los llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que ocurre cuando grita.
—Comprendo —asintió Nick.
En ese instante, la mujer lanzó un grito.
— ¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá?
—No. No tengo ningún anestésico. Pero sus gritos no tienen importancia. No los oigo, porque no tienen importancia.
En la litera superior, el marido se volvió hacia la pared.
La mujer que vigilaba el agua indicó al médico que ya estaba caliente. El padre de Nick fue a la cocina y echó la mitad del líquido de la enorme olla en una palangana. Después sumergió en el agua que quedaba en la olla varias cosas que llevaba envueltas en un pañuelo.
—Esto tiene que hervir —dijo mientras empezaba a lavarse las manos en la palangana con el trozo de jabón que había traído del campamento.
Nick observó atentamente el cuidado con que su padre se frotaba las manos. En aquel momento volvió a dirigirle la palabra:
—Como verás, Nick, primero tiene que salir la cabeza de la criatura, aunque a veces no ocurre así. Entonces se producen muchos inconve-nientes para todos. Quizá tengamos que operar a esta mujer. Dentro de un ratito lo sabremos.
Una vez terminado el minucioso lavado, se dispuso a trabajar.
— ¿Quieres retirar esa colcha, Jorge? Prefiero no tocarla, ahora que tengo las manos limpias.
Luego, cuando empezó a operar, Tío Jorge y tres indios sujetaron a la mujer, que en una ocasión mordió a Tío Jorge en el brazo, haciéndole exclamar:
— ¡Perra india de porquería!
Y el indio que había remado en su bote lanzó una carcajada. Nick sostenía la palangana al lado de su padre, que tardaba mucho. Finalmente, sacó la criatura, le dio una palmada para hacerla respirar y la entregó a la anciana.
—Mira, es un niño, Nick. ¿Qué opinas como practicante?
—Que está muy bien —dijo Nick, mirando hacia otro lado para no ver lo que hacía su padre.
—Así. Eso es —dijo éste poniendo algo en la palangana.
Nick apartó la mirada de nuevo.
—Ahora hacen falta varias puntadas. Haz lo que te parezca, Nick. Si quieres mirar, mira, y si no, no. Voy a coser la incisión anterior.
Nick no contempló la operación. Había perdido toda curiosidad…
Su padre terminó, incorporándose. Tío Jorge y los tres indios también se pusieron de pie. Nick llevó la palangana a la cocina.
Tío Jorge se miró el brazo, y el indio joven sonrió al recordar la escena del mordisco.
—Te pondré un poco de peróxido, Jorge —le dijo el médico.
Luego se inclinó sobre la mujer, que estaba muy pálida y quieta y con los ojos cerrados. Había perdido el sentido.
—Volveré por la mañana —explicó el doctor, poniéndose de pie—. La enfermera de San Ignacio llegará aquí a mediodía con todo lo que necesitamos.
Estaba muy alegre y locuaz, igual que los jugadores de fútbol en los vestuarios después del partido.
—Esto es como para publicarlo en el boletín médico, Jorge —manifestó—. ¡Imagínate! ¡Hacer una operación cesárea con una navaja y coser después la herida con hilo de tripa! ¡Casi nada!
Tío Jorge estaba apoyado contra la pared. Seguía mirándose el brazo.
— ¡Oh! No hay duda de que eres un gran hombre —afirmó.
—Ahora hay que echarle un vistazo al orgulloso padre. Generalmente, son los que más sufren en estas pequeñas tragedias. Aunque hay que reconocer que se portó bastante bien.
Pero al retirar la colcha que cubría la cabeza del indio, sacó la mano mojada. Entonces se subió al borde de la litera inferior y miró la otra con la ayuda del farol. El nativo yacía con la cara hacia la pared. Un tajo, de oreja a oreja, le atravesaba el cuello. La sangre formaba un charco en la parte del lecho hundida por el peso del cuerpo. La cabeza descansaba sobre el brazo izquierdo, y la navaja abierta estaba encima de las mantas.
—Haz salir a Nick, Jorge —dijo el doctor.
Pero no hubo necesidad de hacerlo, pues Nick, desde la puerta de la cocina, había visto la litera cuando su padre, farol en mano, echó hacia atrás la cabeza del indio.
Empezaba a clarear cuando regresaron al lago por el camino de los leñadores.
—Estoy arrepentidísimo de haberte traído, Nickie —dijo su padre. Ya había desaparecido la alegría que había sucedido a la operación—. Ha sido algo espantoso y poco conveniente para ti.
— ¿Siempre sufren tanto las mujeres cuando dan a luz? —preguntó Nick.
—No, esto ha sido algo excepcional, muy excepcional.
— ¿Y por qué se suicidó él, papá?
—No sé, Nick. No habrá podido aguantar lo que ocurrió, supongo.
— ¿Se suicidan muchos hombres en casos como éste?
—No muchos, Nick.
— ¿Y muchas mujeres?
—Es raro.
— ¿No se suicidan nunca?
— ¡Oh! Sí. A veces lo hacen.
—Papá…
— ¿Qué?
— ¿Adonde fue Tío Jorge?
—Volverá en seguida.
— ¿Se sufre mucho al morir, papá?
—No, creo que no, Nick. Depende…
Luego se sentaron en el bote; Nick en la popa, y su padre en el centro, remando. El sol ya se asomaba por las colinas. Un róbalo saltó y formó un círculo en el agua. Nick introdujo la mano en el agua, que estaba tibia a pesar del frío matinal.
En el lago, sentado en la popa del bote, en aquella hora temprana, mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca moriría…

 

***

MATERIAL PARA LA SESIÓN #5: Leeremos: 1. El Jardín de Luis Negrón, el cual pueden descargar aquí: El jardín; 2. El último beso de Loba Lamar de Pedro Lemebel, el cual pueden descargar aquí: El último beso de Loba Lamar-Lemebel; 3. En el bote, de Iván Monalisa, el cual pueden descargar acá: Iván Monalisa-En el bote; 4. Aplastado por la mierda de Pedro Juan Gutiérrez, el cual pueden leer directamente acá:

Aplastado por la mierda

 

Por: Pedro Juan Gutiérrez

 

ENTONCES yo era un tipo perseguido por las nostalgias. Siempre lo había sido y no sabía cómo desprenderme de las nostalgias para vivir tranquilamente.

Aún no he aprendido. Y sospecho que nunca aprenderé. Pero al menos ya sé algo valioso: es imposible desprenderme de las nostalgias porque es imposible desprenderse de la memoria. Es imposible desprenderse de lo que se ha amado.

Todo eso irá siempre con uno. Uno siempre anhelará tanto rehacer lo bueno de la vida como olvidar y destruir la memoria de lo malo. Borrar las perversidades que hemos cometido, deshacer el recuerdo de las personas que nos han dañado, quitar las tristezas y las épocas de infelicidad.

Es totalmente humano, entonces, ser un nostálgico y la única solución es aprender a convivir con la nostalgia. Tal vez, para suerte nuestra, la nostalgia puede transformarse de algo depresivo y triste, en una pequeña chispa que nos dispare a lo nuevo, a entregarnos a otro amor, a otra ciudad, a otro tiempo, que tal vez sea mejor o peor, no importa, pero será distinto. Y eso es lo que todos buscamos cada día: no desperdiciar en soledad nuestra vida, encontrar a alguien, entregarnos un poco, evitar la rutina, disfrutar nuestro pedazo de la fiesta.

Yo estaba así todavía. Sacando todas esas conclusiones. La locura merodeaba y yo la eludía. Había sido demasiado en muy poco tiempo para una sola persona, y me fui un par de meses de La Habana. Viví en otra ciudad haciendo unos negocios, vendiendo un refrigerador de uso y otras cosas, y a la vez y viviendo con una muchacha loca -loca en estado puro, sin contaminaciones- que estuvo presa muchas veces y tenía el cuerpo lleno de tatuajes. El que más me gustaba era uno que tenía en la ingle izquierda. Era una flecha indicando su sexo y un rótulo que decía solamente: BAJA Y GOZA. En una nalga decía: SOY DE FELIPE, y en la otra: NANCY TE AMO. En el brazo izquierdo, con grandes letras le habían grabado: JESÚS. Y en los nudillos de los dedos tenía corazones con iniciales de algunos de sus amores.

Olga apenas tenía veintitrés años, pero había llevado una vida demasiado desenfrenada, con mucha marihuana, alcohol y sexo de todo tipo. Alguna vez tuvo sífilis pero ya la tenía bajo control. Resistí un mes con ella porque era divertido. Vivir en el cuartucho de Olga era como estar metido dentro de una película pornográfica. Y aprendí. Aprendí tanto en aquel tiempo que tal vez algún día escriba un Manual de Perversiones.

Regresé a La Habana, con dinero suficiente como para no trabajar un buen tiempo, y me encontré con Miriam aterrada: «¡Piérdete. Ya él se enteró y te está buscando para matarte!» Ella estaba amoratada y con una herida en la ceja izquierda. Al tipo lo soltaron a los tres años. No cumplió la condena de diez. Y en cuanto llegó al solar sus amigos le dijeron lo de Miriam y yo. Por poco la mata a golpes. Después se buscó un puñal de matarife y juró que no iba a parar hasta que me partiera el hígado.

Ese negro era peligroso, así que mejor me perdía del barrio de Colón hasta que se le pasara la rabia. Pero no tenía dónde meterme. Fui a casa de Ana María. Le conté mi historia y me dejó dormir allí, en el piso, unas cuantas noches, pero en realidad yo interrumpía su romance con Beatriz. En la oscuridad las escuchaba haciéndose el amor y jugando a que Beatriz era el macho, y todo eso me erotizaba mucho y me la meneaba, hasta que una noche no pude resistir y me fui con mi pinga parada y durísima hasta la cama de ellas, encendí la luz y les dije: «¡Arriba, a gozar los tres ahora!»

Beatriz se había preparado para un asalto así. Metió la mano abajo de la cama y sacó un trozo de cable eléctrico muy grueso, de esos que tienen un forro de plomo, y se me lanzó arriba como una fiera: «¡Ésta es mi jeva, maricón, a singarte al coño de tu madre!» No sabía que una mujer pudiera ser tan fuerte. Me golpeó salvajemente. Me destrozó los labios y los dientes, me partió la nariz y me dejó en el suelo, aturdido por los cablazos que me asestó en la cabeza. Medio inconsciente escuché los gritos de Ana María pidiéndole que me dejara ya. Después me arrojaron un poco de agua fría en la cara y me arrastraron hasta el pasillo del edificio. Allí me dejaron tirado y cerraron la puerta. Beatriz repetía: «Hijoputa y mal agradecido. No se puede ser bueno con nadie, Ana María, con nadie.»

Estuve abandonado allí un buen rato. No tenía fuerzas para levantarme y también me dolían las costillas y la espalda. Al fin me decidí y logré ponerme en pie. Si Beatriz aparecía de nuevo en la puerta y me veía allí aún, me atizaría de nuevo, sin compasión. Era más fuerte y más tosca que un camionero. Fui caminando por Industria y me tiré en un banco en el parque de La Fraternidad. La gente creía que yo era un borracho y me registraban los bolsillos para robarme. Cada media hora me registraba alguien, pero yo había escondido mi dinero dentro de unos libros en casa de Ana María.

Cuando amaneció fui al hospital de emergencias. Me curaron un poco. No tenía ni un centavo arriba y era muy pronto para tratar de recoger lo mío en casa de Ana María. Mejor esperaba unos días.

Ya estaba lo suficientemente apaleado, sucio, barbudo y desesperado como para pedir limosnas. Fui hasta la iglesia de La Caridad, en Salud y Campanario, me senté en los escalones de la puerta, me quedé con mi cara de hambre y desamparo, y extendí la mano. De poco sirvió. Todas las limosnas se las daban a una viejita que ya estaba allí. Tenía una imagen de San Lázaro y una cajita de cartón con un mensaje de que hacía aquello para una promesa. Cuando cerraron la iglesia, ya de noche, sólo tenía unas pocas monedas, y un hambre desesperante. Llevaba más de veinticuatro horas sin comer nada.

Pedí algo de comer en alguna casa, pero la hambruna era fuerte. Todo el mundo pasaba hambre en La Habana en 1994. Una negra vieja me dio unos pedazos de yuca y cuando me miró a los ojos me dijo:

-¿Por qué estás así? Tú eres hijo de Changó.

-Y de Ochún también.

-Sí, pero Changó es tu padre y Ochún tu madre. Rézales, hijo, y pídeles. Ellos no te van a dejar abandonado.

-Gracias, abuela.

Así estuve unos cuantos días hasta que se me quitaron los dolores. Recogí en la calle un pedazo de hierro, me lo escondí en el pantalón, debajo de la camisa, y salí para la casa de Ana María. Era media mañana y calculé que Beatriz estaría trabajando.

Toqué y me abrió Ana María. Fue a tirarme la puerta en la cara pero lo impedí con el hierro. Empujé y entré. La aparté a un lado, empezó a gritar y salió corriendo a buscar un cuchillo en el fregadero.

-Oye, Ana María, cálmate. Yo no voy a hacer nada. Voy a recoger una cosa que se me quedó y me voy.

-Aquí no se te quedó nada. ¡Vete, vete! ¡Todos los hombres son iguales, abusadores! Si Beatriz estuviera aquí te partía el pescuezo, maricón. ¡Vete!

Ya yo tenía el libro en la mano, lo abrí y allí brillaba resplandeciente mi dinero. Me lo guardé en el bolsillo y me fui. Ella se calló de repente y yo intenté desaparecer rápido. Si le daba por gritar que me agarraran, que yo le había robado, entonces sí estaba frito.
Lo primero que hice fue comprar una botella de ron. Hacía mucho tiempo que no me daba un trago. Fui a la casa de un conocido, le compré el ron. Era de contrabando, caro, pero bueno. Abrí la botella y nos dimos unos tragos. Me preguntó por qué estaba tan jodio y le conté algo. No mucho.

-¿Por qué no te pones a cuidar algún viejo, acere? Ahí al doblar hay un viejo inválido que vive solo. Tiene como ochenta años y es un tipo difícil y cascarrabias, pero con paciencia tú lo controlas. Se le murió la mujer hace un par de meses, y se va a morir de hambre y de churre. Cuélate allí con él, lo cuidas, le quitas la mugre y le buscas un poco de comida y cuando se muera te quedas con la casa. Vas a estar mejor que en la calle.

Terminamos la botella. Le compré otra y me fui a ver al viejo. Era un tipo duro. Un negro muy viejo. Destrozado pero no destruido. Vivía en San Lázaro 558, y se pasaba el día sentado silenciosamente en su silla de ruedas, asomado a la puerta, mirando el tráfico, respirando el hollín del petróleo y vendiendo cajas de cigarrillos un poco más barato que en las tiendas. Le compré una. La abrí y le brindé, pero no me aceptó. Le brindé ron y tampoco quiso. Yo tenía buen humor. Ya con un poco de dinero en el bolsillo, una botella de ron y una caja de cigarrillos el mundo empezaba a cambiar de color. Le comenté esto al viejo y estuvimos hablando un buen rato. Yo tenía media botella de ron adentro, y eso me ponía conversador y jocoso. Después de una hora y unos cuantos tragos (al fin aceptó beber conmigo), el viejo me dio una pista: había trabajado en teatro.

-¿En cuál? ¿En el Martí?

-No. En el Shangai.

-Ah, ¿y qué hacía allí? Dicen que era de mujeres encueras y eso. ¿Es verdad que lo cerraron enseguida, al principio de la Revolución?

-Sí, pero yo no trabajaba allí hacía tiempo. Yo era Supermán. Siempre había una cartelera para mí solo: «Supermán, único en el mundo, exclusivo en este teatro.» ¿Tú sabes cuánto medía mi pinga bien parada? Treinta centímetros. Yo era un fenómeno. Así me anunciaban: «Un fenómeno de la naturaleza… Supermán… treinta centímetros, doce pulgadas, un pie de Superpinga… con ustedes… ¡Supermán!»

-¿Usted solo en el escenario?

-Sí, yo solo. Salía envuelto en una capa de seda roja y azul. En el medio del escenario me paraba frente al público, abría la capa de un golpe y me quedaba en cueros, con la pinga caída. Me sentaba en una silla y al parecer miraba al público. En realidad estaba mirando a una blanca, rubia, que me ponían entre bambalinas, sobre una cama. Esa mujer me tenía loco. Se hacía una paja y cuando ya estaba caliente se le unía un blanco y comenzaba a hacer de todo. De todo. Aquello era tremendo. Pero nadie los veía. Era sólo para mí. Mirando eso se me paraba la pinga a reventar y, sin tocarla en ningún momento, me venía. Yo tenía veintipico de años y lanzaba unos chorros de leche tan potentes que llegaban al público de la primera fila y rociaba a todos los maricones.

-¿Y eso lo hacia todas las noches?

-Todas las noches. Sin fallar una. Yo ganaba buena plata, y cuando me venía con esos chorros tan largos y abría la boca y empezaba a gemir con los ojos en blanco y me levantaba de la silla como si estuviera enmariguanado, los maricones se disputaban para bañarse con mi leche como si fueran cintas de serpentina en un carnaval, entonces me lanzaban dinero al escenario y pataleaban y me gritaban: «¡Bravo, bravo, Supermán!» Ése era mi público y yo era un artista que los hacía felices. Los sábados y domingos ganaba más porque el teatro se llenaba. Llegué a ser tan famoso que iban turistas de todas partes del mundo a verme.

-¿Y por qué lo dejó?

-Porque la vida es así. A veces estás arriba y a veces estás abajo. Ya con treinta y dos años más o menos los chorros de leche empezaron a reducirse y después llegó un momento en que perdía concentración y a veces la pinga se me caía un poco y de nuevo se paraba. Muchas noches no podía venirme. Yo estaba ya medio loco porque fueron muchos años forzando el cerebro. Tomaba bicho de carey, ginseng, en la farmacia china de Zanja me preparaban un jarabe que me daba resultado, pero me ponía muy nervioso. Nadie se imaginaba lo que me costaba ganarme la vida así. Yo tenía mi mujer. Estuvimos juntos toda la vida como quien dice, desde que yo llegué a La Habana hasta que ella se murió hace unos meses. Bueno, pues nunca pude venirme con ella en esa época. Nunca tuvimos hijos. Mi mujer jamás vio mi leche en doce años. Era una santa. Ella sabía que si templábamos como Dios manda y yo me venía, por la noche no podía hacer mi número en el Shangai. Yo tenía que acumular toda mi leche de veinticuatro horas para el espectáculo de Supermán.

-Tremenda disciplina.

-O tenía esa disciplina o me moría de hambre. No era fácil buscarse la jama en esa época.

-Ahora es igual.

-Sí, al que nace para pobre, del cielo le cae la mierda.

-¿Y qué pasó después?

-Nada. Me quedé en el teatro un tiempo más, haciendo rellenos, monté un numerito con la blanca rubia y a la gente le gustaba. Nos anunciaban como «Superpinga y la Rubia de Oro, los más gozadores del mundo» Pero no era igual. Ganaba muy poco con eso. Después me fui con un circo. Hice de payaso cuidaba los leones, hacia de hombre base con los equilibristas. De todo un poco. Mi mujer era costurera cocinaba. Estuvimos muchos años en eso. En fin, la vida es del cara;¡o. Da muchas vueltas.

Nos tomamos la botella. Me dejó quedarme allí esa noche y al día siguiente le conseguí unas revistas porno. Supermán era un mirahuecos profesional. El único tipo en el mundo que se había ganado la vida mirando templar a los demás. Habíamos congeniado bien y pensé que le daría una alegría con aquellas revistas. Se puso a hojearlas.

-Están prohibidas hace treinta y cinco años. En este país por poco prohíben hasta reírse. A mí me gustaban. Y a mi mujer también. Nos gustaba hacernos pajas mirando estas blancas rubias.

-¿Ella era negra?

-Sí. Pero una negra fina. Sabía coser y bordar, y trabajó de cocinera en casa de gente rica. No era una negra cualquiera. Pero me seguía la corriente. En la cama era tan loca como yo.

-¿Y ya no te gustan estas revistas, Supermán? Quédate con ellas, te las regalo.

-No, hijo, no. ¿Ya para qué?… Mira.

Se levantó una pequeña manta que le cubría los muñones. Ya no tenía pinga ni huevos. Todo estaba amputado junto con sus extremidades inferiores. Todo cercenado hasta los mismos huesos de la cadera. Ya no quedaba nada. Una manguerita de goma salía del sitio donde estuvo la pinga y dejaba caer una gota continua de orina en una bolsa plástica que llevaba atada a la cintura.

-¿Qué le pasó?

-Azúcar alta. Se fueron gangrenando las dos piernas. Y poco a poco me las fueron amputando. Hasta los cojones. ¡Ahora sí soy un tipo descojoncido! Ja ja ja. Antes era un tipo encojonao. ¡El Supermán del Shangai! Ahora estoy jodio, pero a mí que me quiten lo bailao.

Y se reía con deseos. Nada irónico. Me llevaba bien con aquel negro duro y viejo que sabia reírse a carcajadas de sí mismo. Eso es lo que yo quiero: aprender a reírme a carcajadas de mi mismo. Siempre, aunque me corten los huevos

 

***

MATERIAL PARA LA SESIÓN #4: Leeremos Últimos atardeceres en la tierra de Roberto Bolaño, el cual pueden descargar aquí: Roberto Bolaño – Últimos atardeceres en la tierra, Los hombres y las botellas de Julio Ramón Ribeyro, el cual pueden descargar aquí, Julio Ramón Ribeyro-Las botellas y los hombres y Antes de la guerra de Fanny Buitrago, el cual pueden descargar aquí: Fanny Buitrago-Antes de la Guerra. También veamos este video del mito de Edipo:

VIDEO DE LA SESIÓN #3: leímos El anillo de Elena Garro, Ay de Lina Meruane y Rumpelstinski de Los hermanos Grimm. Además hicimos ejercicio de escritura contra el reloj, pensando en el personaje de la madre. Puedes ver el video de la sesión directamente acá:

MATERIAL PARA SESIÓN #3: Para la tercera sesión vamos a leer 1. El anillo de Elena Garro, el cual puedes descargar aquí: El anillo-Elena Garro 2. Ay de Lina Meruane, el cual puedes descargar aquí: AY-lINA mERUANE y Rumpelstinski de Los hermanos Grimm, el cual puedes ver directamente acá:

 

Video Sesión 2: Para la sesión 2 leímos 3 textos: 1. Final de Juego de Julio Cortázar, 2. El paseo de José Donoso, 3. Y el mito de Íos y Zeus.

Material para Sesión 2: Para la sesión 2 leeremos 3 textos: 1. Final de Juego de Julio Cortázar, el cual pueden descargar aquí: Julio Cortázar-FINAL DE JUEGO 2. El paseo de José Donoso, el cual pueden descargar aquí: José Donoso-Paseo 3. Y el mito de Íos y Zeus, el cual pueden leer directamente acá:

Ios y Zeus

Ío era una sacerdotisa de Hera en la ciudad de Argos, hija del dios fluvial Ínaco y de la ninfa Melia. Un día que volvía de ver a su padre, Zeus la vio y quedó prendado de su belleza. Le pidió que fuera a la parte más sombría del bosque para poder tener relaciones en la intimidad y le dijo que no temiera, que él la protegería de las fieras que pudiera haber por el camino.

Pero la fiera a la que temía era precisamente la que hablaba. Ío huyo, y entonces Zeus cubrió todo con una espesa niebla. La muchacha, desorientada, se detuvo, y allí fue donde el dios aprovechó y la tomó.

Hera, mientras tanto, observaba desde lo alto, extrañada por esa niebla surgida de la nada. Como ya conocía a su marido, de inmediato sospechó. Lo buscó por el cielo y, al no encontrarlo, se dirigió directamente hacia el sospechoso fenómeno y ordenó que se retirara.

Allí pilló a Zeus, que, antes de que se esfumara del todo la niebla, transformó a Ío en ternera para disimular. Hera se hizo la tonta y empezó a hacerle preguntas sobre el animal, y Zeus le respondió que había nacido directamente de la tierra. Entonces, la diosa lo puso entre Escila y Caribdis —es decir, entre la espada y la pared— y reclamó a Ío como regalo. Su esposo, por supuesto, no quería entregársela, pero no hacerlo hubiera sido más sospechoso. A regañadientes, Zeus se la dio.

Hera le dio la ternera a Argos, un gigante con cien ojos que solía ejercer de guardián y le era leal. Durante el día vigilaba a Ío dejándola pastar, y por la noche la encadenaba. Ella se asustaba de su propio reflejo y de su voz, pues cuando intentaba pedir ayuda, solo salían mugidos. Las náyades del río y su propio padre no la reconocían hasta que consiguió escribir un mensaje en el polvo con su pezuña.

Su padre, al darse cuenta de que esa ternera era Ío, se lamentó amargamente. ¿Por la suerte de su querida hija? ¡No! ¡Porque no iba a tener nietos! Este es el extracto:

«Yo, en mi ignorancia, te preparaba el tálamo y las antorchas nupciales, tenía esperanza de tener primero un yerno, luego nietos. Un marido del rebaño deberás tener ahora, y unos hijos del rebaño. Y no se me permite poner fin con la muerte a una pena tan grande; el ser un dios me perjudica: la puerta de la muerte, cerrada para mí, alarga mis pesares por toda la eternidad»

Argos separó a padre e hija y se llevó a Ío a otros pastos mientras él la vigilaba desde una cima cercana, desde la que podía ver en todas direcciones.

Y, por fin, Zeus empezó a sentirse mal por lo que estaba padeciendo Ío y ordenó a Hermes que matase a Argos. Éste voló hacia allí y se camufló quitándose el sombrero y las sandalias aladas y reuniendo a unas cuantas cabras por el camino. Se apareció ante el gigante haciendo que pastoreaba mientras tocaba una flauta hecha de cañas.

Argos, embelesado por su música, le pidió que se sentara junto a él. Y allí Hermes le contó historias y tocó música mientras los cien ojos de Argos se iban cerrando del sueño. Hermes terminó de adormecerlo con su caduceo y después le cortó la cabeza.

Hera, apenada por la muerte de su fiel sirviente, conservó sus ojos en las plumas de los pavos reales, animal que le está consagrado. Enfurecida por lo sucedido, mandó a las Erinias para atormentar a Ío, que caminó hasta llegar a la orilla del río Nilo. Allí se dejó caer, implorando la muerte para terminar con su sufrimiento.

Por fin, Zeus consiguió aplacar la ira de Hera jurándole que esa relación no había significado nada, e Ío pudo recobrar su forma humana. Allí dio a luz a Épafo, que llegaría a ser rey de Egipto y que también sufrió a manos de la reina de los dioses. Pero esa, como se suele decir, es otra historia.