A las 8:35 de la noche del 10 de marzo de 2016, en un Estadio El Campín con más asistentes que el partido de fútbol con más asistentes en la historia de ese estadio, The Rolling Stones, la banda de rock viva más grande del mundo, se plantó en una tarima de Bogotá para practicarle a la ciudad y a Colombia entera el exorcismo que necesitaba.

Unas horas antes, después de un aguacero de toda la tarde, como no había caído en todo el año en Bogotá, en la eterna y regular de logística fila para el ingreso, 43.000 asistentes entre 20 y 70 años, tenían en común dos cosas, el impermeable y la emoción. A todos se les notaba a flor de piel el gran entusiasmo por estar ad portas de vivir lo que se venía, cada uno, dependiendo de su edad, con una o hasta cinco décadas durante las cuales habían esperado este concierto. Los más emocionados, por supuesto, eran los asistentes que rondaban los 60 años, esos que conocen a Jagger desde el principio y que llevaban prácticamente toda la vida aguardando poder verlo en vivo junto a su banda.

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Y pasó que a la lluvia le gustan los Stones. Llovió toda la tarde y luego toda la noche, sin embargo, cuando faltaban unos minutos para que Mick Jagger y compañía salieran a escena,  la lluvia cesó y de la tarima pudieron dispararse las descargas de pirotecnia purpura y los primeros acordes de la canción Jumpin’ Jack Flash, con la que darían inicio a dos horas y quince minutos de música. Entonces todos los que estábamos ahí supimos que habíamos esperado toda la vida para vivir aquel momento, y que ese sería el mejor concierto de rock al que hasta ahora hubiéramos asistido.

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Tuit de Carlos Vives

Luego de enviar un saludo a Diamante Eléctrico, la banda colombiana telonera, Mick Jagger anunció en español que tenía una sorpresa; ¡sí, en español!, el idioma en el que se dirigió a nosotros durante toda la noche, y cuya pronunciación le perdonaremos siempre. Esperé lo peor, imaginé que sería alguno de esos mal entendidos culturales que ofrecemos a los artistas extranjeros, estilo Carlos vives cantando Satisfaction en versión vallenato (como lo hiciera la noche anterior en Gaira, durante una cena que ofreció a la banda). Y de repente, aparece Juan Esteban Aristizábal, Juanes, en tarima. Pensé, ahí está, nada bueno podía esperar y creo que el sentimiento fue mutuo en una audiencia rockera que hace años rompió relación de estima por la música de Juanes. Sin embargo, cuando empezó a cantar con los Stones la canción  Beast of Burden, nos calló la boca a todos. Juanes se lució en la voz y en la guitarra. Nos demostró el gran hombre de rock que es, más allá de sus poco roqueras canciones más famosas. Mick Jagger canta, Keith Richards toca, pero Juanes hace las dos cosas y anoche las hizo de tú a tú con ellos, con su voz más aguardientera y la guitarra mestiza más virtuosa que haya interpretado en vivo. Juanes junto a los Stones en Bogotá, sin duda, uno de los momentos más grande del rock colombiano.

Durante todo el concierto Mick Jagger hizo gala de expresiones de español muy colombiano, que sorprendían a los espectadores, cómo había aprendido tantas en tan poco tiempo. El hombre debe tener amigos Colombianos que se las enseñaron desde antes, y seguro los tiene, por algo vino de vacaciones a Cartagena en 2007. Entonces dijo, “esta canción va para los colombianos romántico”. Y empieza Wild horses, la mejor balada rock de la historia, y digo la mejor, sin temor a equivocarme, y con el respaldo de haberla oído anoche en vivo para comprobarlo. Wild horses no es una canción, es un cuadro en movimiento, una playa de arena azul donde corren en libertad caballos negros bajo un sol rosado. Si Jagger piensa que esa canción es romántica, entonces los ingleses y los colombianos tenemos un concepto bien diferente de lo que es romántico.

Rolling 5Luego, también en español, Jagger contó que con su banda habían aportado a la economía de nuestro país, pues Keith se estaba tomando 10 tazas de café al día (muchos pensaron que era un chiste acerca de otro producto nacional, guiño, guiño). Que Mick nos hablara tanto en español, pese a la regular pronunciación, es una muestra de humildad que muchos otros menos rockeros y menos famosos que él normalmente no se toman el trabajo de ofrecer, limitándose al “gracias” o al “buenas noches”.

El hmmmm colectivo de toda la audiencia durante Paint in black hacía parecer a El Campín como el escenario de un aquelarre. Aquel fue un rito de brujería, una especie de ceremonia pagana en la que los Rolling Stones le practicaran a Colombia el exorcismo que necesitaba.

Paint in Black hizo temblar el suelo. En el futuro la leyenda dirá, tembló en Bogotá cuando los Stones la pintaron de negro. Razón tendrán los que dicen que Jagger se mantiene tan vital por cuenta de un pacto con el demonio. Cómo más se explica su agilidad en el escenario a la edad que tiene y la habilidad para cantar por más de dos horas sin sofocarse, mientras ejecuta su famoso movimiento de cadera, el “moves like Jagger” que tanto entretiene a sus fans y que tanto le vimos sacudir anoche.

El hmmmm colectivo de toda la audiencia durante Paint in black hacía parecer a El Campín como el escenario de un aquelarre. Aquel fue un rito de brujería, una especie de ceremonia pagana en la que los Rolling Stones le practicaran a Colombia el exorcismo que necesitaba. Los Stones vinieron a hacernos una limpia, a sacudir toda la mala energía para que podamos hacer la paz. Cualquiera que haya estado en el concierto sabe que no exagero. Paint in black tocada en vivo por sus autores en el Estadio El Campín, fue el equivalente a dejar caer dos bombas atómicas de buena energía en Bogotá.

Algo de brujería hay en la persona en escena que es Jagger, dueño del logro inusual de ser adorado por su juventud a los 70 años. Jagger es un tótem de humanidad. Siguiendo con el español, contó que en Colombia comió obleas y que las bajó con aguardiente, luego de lo cual terminó con un gran “guayabo”. Han tenido que estar ahí para escuchar a Jagger decir que tenía “guayabo”. Creo que cada vez que visitan un país, lo primero que preguntan los Stones es cómo se dice resaca, quizá porque es ya su estado natural, luego de dedicarse toda la vida a estar de fiesta. Vivir felizmente de guayabo en guayabo es seguramente la razón de su conservada vitalidad.

Luego Jagger abandonó el escenario para permitirle a Keith Richards interpretar Before they make me run. Jagger sabe que su presencia a ratos opaca a los demás, y se retira del escenario para que también brillen. Entonces supe que ver a Keith en vivo era lo más cercano a haber conocido a Bukowski en persona. Una guitarra como la de Keith no se había tocado en Colombia. Los Rolling Stones son tal como los dibujaron en un capítulo de Los Simpsons, no digo una caricatura, sino una representación casi virtual de ellos mismos; han estado tanto tiempo en el mundo y en el mundo del rock, que son ya un símbolo de sus propias personas, igual que su famosa lengua diseñada por Andy Warhol.

Rolling 2Entonces Jagger vuelve a escena para seguir al frente de la más grande banda de rock viva que ha pisado suelo colombiano. No es mentira, los Rolling vinieron a rejuvenecernos, su música es la única crema antiarrugas que de verdad funciona, lo mejor es que es una crema que rejuvenece el alma, y que nos aplicaron con mayor fuerza cuando interpretaron Start me up y Sympathy for the Devil, dos de los momentums de la noche. El corito uh ju, uh ju de Sympathy quedará resonando en el recuerdo de todos los asistentes para siempre.

La última frase en español de Jagger fue “Bogotá, eres del putas”.

Tras una corta pausa, los Stones volvieron a tarima para el encore, acompañados de un coro celestial, que inicialmente creímos que ellos habían traído de gira, y del que luego nos enteramos que era el Coro de la Universidad Javeriana. Esas mujeres cantaron como ángeles, haciendo que You can´t always get what you want se convirtiera en una de las canciones más memorables de la noche. La última frase en español de Jagger fue “Bogotá, eres del putas”.

Y de verdad que lo eres Bogotá, eres del putas y los Stones te cumplieron la cita que te habían aplazado desde hace décadas. Ahora sé que tengo el honor de hacer parte de la multigeneración colombiana que oyó a los Stones cerrar su concierto en Bogotá con Satisfaction, la más de las más.  La emoción común de los asistentes en el preámbulo se tornó en un unísono himno de satisfacción. “Valió la pena todo”, le oí decir a una de las asistentes, y creo que los 43.000 más que estuvimos allí pensamos lo mismo. Valieron la pena cada una de las décadas que esperamos por este momento. Anoche fue el desquite de los hippies colombianos, no se murieron sin ver en vivo a su banda favorita.

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