Un mundo huérfano fue una de las novelas más aclamadas por la crítica colombiana en 2016 y es la ópera prima del barranquillero Giusseppe Caputo. Aprovechamos su visita a Cartagena y su participación en Hay Festival para entrevistarlo y esto fue lo que nos contó acerca del libro y su proceso de escritura.

Giuseppe Caputo Cabeza de Gato

Giuseppe Caputo es un hombre de apariencia frágil, ojos claros que parecen encerrar el mar y una sonrisa cómplice que me ayuda a esbozar mejor a la persona que tengo frente a mí. Es sin duda un tipo inteligente. Lo dice su manera de pescar ideas mientras responde a cada pregunta, el movimiento de sus manos, la ironía que a veces se le escapa. Cuando habla de su novela, parece levantarse y tomar la forma de un coloso, deja caer los argumentos y con ellos cimienta un camino que recorremos para comprender su historia.

Caputo fue uno de los invitados al XII Hay Festival Cartagena de Indias 2017, para, entre otras cosas, conversar sobre su ópera prima “Un Mundo Huerfano”, con la cual ha logrado impresionar a la crítica literaria colombiana. Aprovechando el festival, pude conversar con él y conocer un poco más al escritor que se abre camino con pies de plomo.

Cabeza de Gato: Tengo entendido que tienes una novela anterior a esta que nunca publicaste, entonces ¿cuál fue ese momento en el que supiste que tu novela “Un mundo Huérfano” estaba lista?

Giuseppe Caputo: Yo me demoro mucho escribiendo, pienso mucho la estructura de la novela e incluso algunas frases antes de sentarme a escribir. La escritura empieza antes del acto físico de sentarme a escribir. En ese sentido, yo sabía que Un mundo huérfano estaba lista cuando escribí la última escena, ahí supe que la tenía ya bien estructurada. También creo mucho en dejar reposar. Yo dejé la novela quieta como seis meses. Es más fácil corregirla así, me parece. Porque cuando la gente dice que eso se enfría, a mí me parece que uno a veces… por ejemplo, a mí me pasa que me sé algunos párrafos de memoria, porque yo los reviso mucho. Entonces a veces uno hace un cambio, pero de pronto el cambio no te suena bien porque tienes demasiado presente la versión original.

Soy de los que piensan que en literatura el fondo y la forma son inseparables. El qué y el cómo son indisolubles, son como inhalar y exhalar.

Teniendo en cuenta que la historia parece tener mucho de tu propia vida, ¿cómo fue la experiencia de dialogar contigo mismo para ir hallando el tono, el ritmo y la forma en la que deseabas contar esta historia?

Pues mira, yo soy de los que piensan que en literatura el fondo y la forma son inseparables. El qué y el cómo son indisolubles, son como inhalar y exhalar, entonces conforman una unidad dialéctica que no es posible separar enteramente. En ese sentido, y esto fue algo que me imagino hice de una forma intuitiva y que luego fui estructurando de una manera consciente, los dos personajes de la novela, que son un papá y un hijo, que no tiene haberes materiales, a lo largo de la novela utilizan su imaginación artística para darse a sí mismos un lugar que no tienen en la sociedad y para darse a sí mismos un estatus artístico y finalmente vestirse socialmente. Creo que a ello se debe que la novela maneje un lenguaje poético, que haya un trabajo con el ritmo, con la música. Yo cuento silabas mientras escribo para que no se rompa el ritmo. Creo que eso es parte de ese vestirse social y artísticamente en el que se la pasan los personajes de la novela.

Te preguntan mucho por qué no tienen nombre los personajes (solo los nombras como un Papá y un Hijo), ¿sientes que al no nombrarlos específicamente tus personajes pueden trascender el universo que creaste en la novela?

Sí. Todos los personajes de la novela tienen nombre excepto ellos dos. Quería que fueran esencialmente eso, un papá y un hijo más allá de un nombre que los individualizara. Incluso en su manera de relacionarse con los demás, estos personajes son esencialmente un padre y un hijo, por eso no quería personalizarlos. Además, también me cuesta nombrar a los protagonistas (risas).

Un mundo huérfano Giuseppe Caputo

Foto: Giuseppe Caputo Facebook

¿Cómo llevar tu mirada del mundo gay a la literatura sin terminar escribiendo desde la ira, la frustración, la euforia o cualquier otra emoción que, en últimas, podría hacer que tu novela pareciese un tratado en defensa de lo gay?

Creo que la novela contiene personajes que no tienen vidas convencionales, una no convencionalidad que va desde el hecho de no tener trabajo. En ese sentido, su relación con el tiempo es distinta, porque no hay nada que lo discipline. Ellos se levantan y ¿qué? Incluso las mujeres de la novela, que entran después, porque yo también quería hacer un universo masculino que luego fuera intervenido por estos monólogos de mujeres, todas le hablan a esa situación no convencional en la que viven los protagonistas.

Específicamente el personaje del hijo sí podría hablar de lo que es ser un sujeto homosexual frente a la violencia homofóbica, que es una experiencia muy específica. Todos los seres humanos pasamos por dificultades y tristezas, pero también sería injusto no reconocer que hay personas que pasan por sufrimientos muy específicos que otra persona no pasa, como en el caso de los homosexuales. Y pues, yo quería poner eso en el centro. No siento que sea un tratado acerca de lo gay y eso ha sido algo que he querido dejar claro. Hay un capítulo con alto contenido sexual en la novela y siempre me preguntan si ese capítulo es un manifiesto gay. Sin embargo, cuando un autor heterosexual escribe una escena de sexo nadie le dice, ¿y eso es propaganda católica? (risas).

Como lo señala Beatriz Preciado, la masculinidad no está medida tanto por la visibilidad pública del falo como por la no penetración del ano del hombre, en ese sentido, ¿qué papel juega el cuerpo masculino penetrado en tu novela?

Central. Siempre quise poner en el centro la figura del hombre penetrado porque ante todo me parece que, y esto es una cosa histórica, que los sujetos penetrables, esto ocurría en la antigua Grecia, eran considerados ciudadanos de segundo nivel: mujeres, niños, adolescentes, cualquier persona que fuera penetrada. Y perdían derechos políticos. Entonces, eso viene desde hace mucho. Al ser penetrado el hombre adquiere la posición de una mujer y en una lógica misógina, machista, ello constituye una posición inferior. Por eso quería ponerlo en el centro. En la novela también quise poner a los hombres a sufrir, porque estamos acostumbrados a ver que son las mujeres las que sufren. La posibilidad de una violación, la posibilidad de perder el consenso, la de ser un objeto para alguien, quería que el personaje hombre de mi novela estuviera en el centro de eso.

El mar es como un dios y la ausencia de dios, todo al mismo tiempo.

Cuando uno crece en ciudades cercanas al mar, por más que uno se aleje, el mar es una idea, una imagen, un recuerdo que está presente en nosotros todo el tiempo, ¿crees que por eso el mar está tan presente en tu novela y con una carga tan significativa?

Sí, el mar para mí es muy importante, me hace mucha falta verlo, y como ir permanentemente a él. En las ciudades en las que he vivido cuando me fui de Barranquilla hay mar, bueno en Bogotá no hay mar, pero tiene ciclovía (risas). Pero en Barcelona y en Nueva York había mar, luego en Iowa, que fue donde terminé la novela, sí era un paisaje completamente diferente, estaba sepultado en la nieve. El mar siempre lo llevo adentro. Para mí, y lo he dicho en varias entrevistas, el mar contiene todo lo que ha sido mi proceso como una persona que fue creyente y que fue dejando de creer poco a poco. Porque en la novela el mar deja cosas, es un dador, es una promesa de la felicidad, los personajes a veces acuden al mar a ver si las olas traen algo a la orilla. A veces traen sartenes, traen lámparas, y ellos las cogen, pero a veces no traen nada, a veces se llevan lo que deja, entonces, en ese sentido, es como un dios y la ausencia de dios, todo al mismo tiempo. También hay un tema con el tiempo ahí. Hay una linealidad temporal, de lunes, martes, miércoles, pero esa linealidad es distinta a la relación que cada uno tiene con el tiempo. Entonces estamos aquí hablando, y yo puedo estar pensando que me agendaron otra entrevista, que estoy buscando a Margarita Rosa para conocerla porque tenemos la charla y luego pienso en mi papá. Siempre estamos saltando en el tiempo, entonces creo que lo del mar también está ahí, porque hay muchos tiempos al mismo tiempo. Y no fue como que yo dejé de creer y ya, sino que a veces uno tiene una nostalgia de fe. Por eso hay uno monólogo sobre Jesús en la novela, lo hace Olguita, una de las mujeres de la historia.

¿Sientes que lo marginal adquiere una nueva forma cuando pasa por el matiz del arte? Es decir, como si solo así fuese realmente posible que lo marginal adquiriera algún tipo de valor frente a esos otros.

Sí. Me gusta una cosa que dijo Ricardo Silva cuando habló del libro de Piedad Bonet, Lo que no tiene nombre. Dijo algo así como que la literatura se encarga de rescatar a las personas que la sociedad va dejando en el camino y me parece que Un mundo huérfano hace eso. Me gustaría responder con esas palabras.

En Cartagena es normal que mientras uno va creciendo le griten infinidad de insultos por considerar que la manera como camina o la postura de las manos o ciertos rasgos nos son los adecuados para un hombre ¿cuál ha sido el peor insulto que te han dicho como sujeto homosexual?

Bueno, aparte de que me hacían cosas como el gesto de “te van a comer” y no sé qué, lo que más recuerdo, y siento que fue determinante, eso está en la novela, es que yo estaba en un parque saltando en una de estas llantas de carro, ¿sabes? Yo estaba saltando ahí, pues mariposeando, digo yo (risas). Ahí solo, tranquilo. Y se acercó un hombre y me dijo como: “eso, vuela”. Y yo pensé que genuinamente me estaba invitando a volar, y yo entonces más saltaba, tenía como seis años. De repente al tipo se le transformó la cara, y me dijo: “vuela, vuela, mariposa”. En ese momento no entendí qué era lo que me había dicho, pero sí sentí que había sido un regaño, y de una persona a la que yo no conocía. Me parece que la gente debe ser más consciente de cómo todas esas violencias simbólicas nutren la violencia más definitiva que es la matanza. Esa noción también está representada en la novela.

 

 

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