Aprovechando su visita a Cartagena para Hay festival, nuestro enviado especial Julio César Márquez habló con el autor colombiano Santiago Gamboa. Esto fue lo que le contó acerca del oficio de escribir, su fascinación por los aeropuertos y su nueva novela.

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Santiago Gamboa. Foto: El País

Santiago Gamboa es un tipo de apariencia distraída. En la distancia parece un poco hosco y su figura logra intimidar, pero luego, al conversar con él, su voz te entrega una calidez que no logras captar al primer momento. Sus palabras, una a una, sin afán, dan forma a las ideas que intenta esbozar y en ese momento, es como si un hombre de muchos años fuese ocupando su lugar en la silla. En el marco del Hay Festival 2017, Imagina el mundo, pude conversar con él sobre varios asuntos y acercarme al escritor que había descubierto algunos años atrás cuando leí una de sus novelas. Este año lanza su nuevo libro “Volver al oscuro valle”.

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Santiago Gamboa Hay Festival

Santiago Gamboa firma uno de sus libros durante el Hay festival Cartagena 2017. Foto: Julio César Márquez.

Cabeza de Gato: ¿Cree que su propia experiencia de volver a radicarse en Colombia, luego de tantos años, fue el detonante para que escribiera “Volver al oscuro valle”, su nuevo libro?

Santiago Gamboa: Sí, mi experiencia de volver fue fundamental porque me hizo empezar a pensar en la idea del regreso, en la idea de si existe un sitio al que uno pueda volver de verdad. Esa idea me fue juntando con algo que yo venía viendo desde Europa, y es que la gente está empezando a regresar a sus países por la crisis económica, la crisis de los refugiados, por la violencia, por el terrorismo. Entonces, sentía que el camino que estaba tomando por otros motivos, una cuestión más bien familiar, me ponía en la misma dirección que veía que mucha gente desde Europa estaba tomando. Y esa gente era la que había ido allá en los años 80, buscando un mejor futuro y un mejor modo de vida, estaban volviendo echados por todos los conflictos que está padeciendo el viejo continente, pero sobre todo por la crisis económica. Entonces me sentí metido en esa corriente de personas que volvían y estuve mirando un poco todo lo que pasaba a mi alrededor.

En la novela, entonces, utilizo esa experiencia para imaginar un regreso, un regreso no definitivo, pero es el regreso de unos personajes que vienen a Colombia y encuentran un país que tiene una pacificación extraña, donde hay todavía miradas turbias. Los personajes se sienten en contradicción porque llegan a un país pacificado y ellos vienen con la misión de cumplir una venganza.

Luego de fracasar, lo que sigue es continuar intentándolo.

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La primera imagen de tipo serio que tuve de Gamboa fue quedando atrás. Durante la entrevista se mostraba como un hombre amable y pausado, que tenía muchas cosas que decir. Un contador de historias. En un punto de nuestro diálogo señaló, sobre su propio proceso de escritura: “Desde que empecé a escribir, mi escritura estuvo relacionada con la mirada desde la lejanía. Cuando llegué a vivir a España empecé a escribir sobre Bogotá. Cuando me fui a vivir a París, entonces ahí escribí un poco sobre Bogotá, pero también sobre España. Siempre tuve que irme desplazando para poder escribir sobre el lugar que quedaba atrás. Eso probablemente me indica que yo necesito tener lejanía, no puedo estar encima de lo que estoy haciendo”. Quizás por eso, los personajes de Santiago por lo general están en constante movimiento, siempre viajando, cambiando el espacio en el que se desenvuelven, dejando atrás las vidas que tenían, siendo el reflejo de su escritor.

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El aeropuerto es un espacio que aparece en algunas de tus novelas. Aparece como un espacio de transición entre lo que se deja y lo que se quiere descubrir. Entendiendo que las obsesiones siempre son importantes para los escritores, ¿sientes alguna fascinación especial por los aeropuertos?

 Yo he pasado la vida yendo y viniendo en los aeropuertos. Siempre cuento que la primera vez que salí de Colombia para España, fue como asistir a un funeral. Había 35 personas despidiéndome, todos estaban llorando y yo me iba detrás de una puerta y todos se quedaban ahí tristes y llorando, y era como eso, como si fuera mi entierro o mi cremación.

Entonces, para mí los aeropuertos siempre han sido esos espacios un poco extraños. Pero al mismo tiempo me gustan los aeropuertos, porque son espacios de anonimato donde la gente va y viene, donde se establecen relaciones extrañísimas entre las personas porque todo el mundo está de paso. Me fascina ver a la gente que vive en los aeropuertos. Los que trabajan en las tiendas de los aeropuertos, los que trabajan en las aerolíneas, lo que se llama el personal en tierra, que además es una expresión graciosa, “yo formo parte del personal en tierra”, dicen. A mí me parece una categoría casi metafísica. Nosotros, los pasajeros, somos los que estamos en el aire.

Como he pasado tanto tiempo en los aeropuertos, he tenido tiempo para pensar en sus nombres. Hago listas mentales de los que tienen, por ejemplo, nombres de artistas. Está por ejemplo el de Roma, que se llama Leonardo Da Vinci, el de Varsovia lleva el nombre de Chopin, el de Francia que es Saint Exupéry… no son muchos. El Dorado es un nombre muy bello. Creo que deberíamos pensar más en eso, en nombrar los lugares con nombres de artistas.

El mito de Ulises, el mito del retorno, solo es posible en la literatura. En nuestra vida, cuando regresamos ya algo ha cambiado.

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Es inevitable hablar sobre el fracaso en la obra de Gamboa, más, cuando éste suele aparecer en sus novelas y termina siendo un rasgo que humaniza a sus personajes, sobre todo por la conciencia que tienen de él. Santiago escucha con atención, asiente y, sin dudarla, empieza a responder. Su noción sobre el fracaso y la derrota es bastante esperanzadora. Dice que el fracaso es un estado fecundo, luego de fracasar, lo que sigue es continuar intentándolo. “Quien es derrotado, puede analizar el motivo de su derrota, pero quien ganó, nunca sabrá por qué lo hizo, porque el triunfo es un fin es sí mismo. Por el contrario, el estado de reflexión viene con la derrota, con el análisis posterior de las circunstancias que rodearon la caída. No hay alguien más desgraciado que quien nunca ha perdido, puesto que le ha sido negada la posibilidad de cuestionarse”, afirma.

Y sobre el regreso como fracaso, Santiago no vacila es señalar que sí, “los que regresan después de cierto tiempo, no pueden evitar sentir una especie de derrota en el fondo. Y es que cuando se fueron, lo hicieron porque esperaban encontrar una mejor vida, y cuando vuelven, deben reconocer que quizás no lograron conseguirla. Hay alegría por volver a ver a la familia, pero hay una cierta derrota que los acompaña”.

Santiago Gamboa, quien siempre en sus novelas suele manejar la figura del escritor y el periodista, dice que él solo escribe sobre lo que conoce. Que cuando fue cónsul, entonces sintió que podía tener un personaje que fuese cónsul, porque conocía los asuntos propios del cargo. Y es así como construye sus historias.

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¿Es posible volver al lugar del que se partió alguna vez?

No creo que sea posible. El lugar no será el mismo. Y nosotros no seremos los mismos. El mito de Ulises, el mito del retorno, solo es posible en la literatura. En nuestra vida, cuando regresamos ya algo ha cambiado. Porque nuestro deseo de regresar a ese lugar es el deseo por volver a la niñez y a la adolescencia. A esa época en la que fuimos realmente felices. Y eso no es posible. Y queremos regresar porque cuando crecemos debemos traicionarnos; traicionamos nuestros sueños, traicionamos al niño y al adolescente que fuimos. Queremos recuperar esa coherencia de aquella edad, porque ser adulto significa eso, ser incoherente, traicionarse, elegir una cosa por otra. Por eso reflexiono que el único lugar al que es posible regresar es a la literatura.

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