Un dulce aroma domina el ámbito. Son las 10:30 p.m. del jueves 9 de junio de 2016. Aún no empieza en forma el fin de semana, pero la Plaza de los Coches, corazón del Centro Histórico de Cartagena de Indias, luce tan abarrotada y festiva como en un jueves de Bando en Fiestas de Noviembre. Quisiera sentarme, pero las bancas están ocupadas por mujeres acomodadas de a tres, todas con la espalda erguida, las piernas cruzadas, vestidas con atuendos fosforescentes hasta bien arriba de la rodilla. El aroma dulce que domina el ámbito les pertenece, así como creo que, en últimas, a esa hora, les pertenece cada metro cuadrado de la Plaza de los Coches. Es el dulce olor de las prostitutas que cada noche se apoderan de aquel espacio para pavonear sus siluetas. Sirenas que en lugar de cantar, se perfuman hasta el último centímetro del cuerpo para atraer a los hombres. La Plaza de los Coches es, a esa hora, el único lugar del Centro Histórico que puede jactarse de oler tan bien.

EL dulce olor de la plaza de los coches

Aprovecho una banca recién desocupada para sentarme. Me acompañan un par de tuchines que cuentan las monedas ganadas vendiendo café y cigarrillos. Mientras ellos conversan acerca del próximo partido de la selección Colombia, yo me dedico a mirar y admirar a las prostitutas. Casi todas mestizas, sólo un par de rubias de piel acaramelada en las que es difícil no detenerse. Todas con el busto a flor de escote y traseros hinchados. Todas con el cabello largo hasta la cintura, encaramadas en tacones que les servirían para alcanzar los frutos de un árbol muy alto. Las que no están sentadas se pasean de un lado a otro. Su pinta y la de las turistas que a esa hora transitan por allí no es muy diferente.

El personal que pulula en la plaza se confunde con las músicas que en ese momento se pelean por el título al mayor volumen. Bachata, reggaetón y electrónica, por cuenta de las terrazas en las azoteas de cuatro edificios; salsa a todo timbal en Donde Fidel; el acordeón de un conjunto vallenato en busca de clientes; el rock en The Club Pub; el casco de los caballos cocheros sobre los adoquines. Músicas que nacen del suelo hacia el cielo y viceversa, vuelan, se arremolinan y chocan contra las murallas de la Torre del Reloj. La música golpea las paredes de las edificaciones con tal insistencia, que podría pensarse que algún día las hará polvo. Está confirmado, de noche, la Plaza le pertenece a los que viven de y para la rumba. El lugar es una bolsa de valores en la que se realizan a viva voz o en secreto todo tipo de transacciones vinculadas al placer.

Cartagena es un lugar húmedo y caliente que alborota la libido de quien la visita. La Heroica somete a sus visitantes a una arrechera perenne y a una ansiosa búsqueda de satisfacción. La confusión de olores, sonidos y voluptuosidad visual, tiene un impacto afrodisíaco del que es difícil escapar. Es lo que el Caribe le hace a sus turistas y que en Cartagena tiene un efecto potente. Nadie que la visite por unos días tiene la intención de trabajar. No hay ánimo distinto al de la rumba y el placer. Por eso les van tan bien a las prostitutas. Por eso, quizá las únicas foráneas que vienen a trabajar a Cartagena, son las prostitutas que llegan para aprovechar la bonanza.

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Reconozco varios acentos en las chicas que están cerca de mí: Paisa, caleño y venezolano (según reporta el diario El Universal, en 2016 se ha incrementado el ejercicio de la prostitución en Cartagena por parte de venezolanas, la mayoría de ellas indocumentadas). La diferencia entre las que llevan más tiempo trabajando en Cartagena y las que acaban de llegar está en los zapatos. Una local le dice a una recién llegada que porta unos botines cerrados, que procure hacerse a un calzado más acorde con el clima o se le van a cocinar los pies. En mitad de la plaza, alrededor de un policía, circula un manojo de prostitutas como si jugaran en el bosque mientras el lobo está. Una turista posa en medio de la plaza para una foto. El fondo de la imagen será la Torre del Reloj y las prostitutas. No podría imaginar un fondo más emblemático.

Sí, pasan muchas cosas en la Plaza de los Coches, algunas menos santas que otras, pero por lo pronto está viva, resiste allí con su fiesta y su gente, en un Centro Histórico del que se ha querido expulsar la vida de los cartageneros para comodidad de los turistas. Algunos concejales del Distrito de Cartagena y varios propietarios de hoteles aledaños al sector han propuesto que haya mayor vigilancia en la plaza, que se apaguen los equipos de sonido de las discotecas, que se prohíba el consumo de bebidas alcohólicas (como ocurrió mediante decreto del Alcalde Manuel Duque en la Plaza de la Trinidad) y que se expulse a las prostitutas de allí.

Y yo me pregunto, ¿debe la plaza renunciar a sus dinámicas, que al final no son ajenas a otros destinos del Caribe, para que los huéspedes de los hoteles boutique puedan dormir?, ¿para que los guardianes de la moral puedan estar tranquilos? Si la ciudad se apaga, si se expulsa a la gente, si sólo queda el silencio, dejaría de ser Cartagena. Pero la pugna por el espacio y el silencio es la historia de esta ciudad, donde una pequeña población dominante se cree con poder para desplazar a otra mayoritaria a la que considera un estorbo.

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Qué sería de la Plaza de los Coches sin las prostitutas que endulzan el ambiente con su olor y la iluminan con las pegatinas doradas que portan en la piel. A dónde llevarían el rubor de sus mejillas y el rímel acentuado en el borde de los ojos por el que parecen un séquito de Cleopatras. Qué sería de la Plaza de los Coches sin este puñado de princesas egipcias que la visitan cada noche para estar allí, de pie, como vigías, más firmes que la Torre del Reloj, como si fueran ellas las que en realidad marcaran la hora de la ciudad. Sin prostitutas y sin los lugares de fiesta cuya economía depende de ellas, sería la Plaza de los Coches un lugar muerto, carente de humanidad. Un aburrido montón de adoquines, privados a la fuerza de la danza de estas estrellas terrestres, cuyo número se multiplica y reduce a lo largo de la noche. Son tan sigilosas al momento de aparecer y desaparecer, que cuesta darse cuenta. El ritmo de su negocio nunca es demasiado evidente, entonces, ¿a quién molestan?

La razón por la que muchos turistas vienen a Cartagena es porque hay prostitutas aquí, ofreciendo sus paraísos de a 200 dólares el rato. Si les obligaran a abandonar la plaza, ¿qué quedaría?, hoteles de habitaciones vacías en una ciudad que perdiera uno de sus mayores atractivos. Una plaza sin música, sin fiesta, sin cartageneros. En ese escenario, ¿el silencio y la calma para qué? Mientras se trate de prostitutas mayores de edad y su actividad sea por voluntad propia, hay que dejarlas seguir perfumando la Plaza de los Coches. Que se paren donde quieran, que la vida nocturna siga corriendo por su cuenta. A las prostitutas, la noche de la Plaza de los Coches les pertenece porque la han adquirido por prescripción. Pasadas las doce, en mitad de la plaza, el policía, las prostitutas que no han conseguido cliente y las que han vuelto en busca de un nuevo servicio, se mueven como en un ajedrez coreografiado. Frente al bar Tu Candela, un par de hombres desciende de un taxi. Uno le dice al otro con un marcado acento mexicano: “Todas las viejas que ves aquí son putas”. Lo dice extendiendo los brazos, como si diera a su amigo la bienvenida a un parque de diversiones. En la banca de al lado, observo la charla amistosa entre un gringo y dos puticas. Digo observo, porque aquella conversación se da en lenguaje de señas, pulgares arriba y cabezas que asienten.

En la siguiente banca, una Cleopatra le cuenta a otra, con alegría, cuánto ganó el día anterior. “Le conté al tipo que mi hija estaba de cumpleaños y me regaló quinientos mil pesos”, dice, “con eso pude comprarle las medicinas a la niña, está un poco mejor, pero aún no puede hablar”. Pienso en las familias que se benefician del duro trabajo de estas mujeres. Algo hay en la desigualdad según la cual se construyó el mundo que tiene a esta plaza llena de hombres vendiendo mercancías y de mujeres vendiendo el cuerpo. Injusto o no, vender el cuerpo es su fuente de sustento y sería difícil que se dedicaran a otra cosa a menos que alguien les tendiera la mano. A las autoridades distritales de Cartagena les resultaría fácil prohibirles estar aquí, pero bastante les costaría ingeniárselas para proponerles otras opciones de trabajo.

De repente se apagan las músicas de las azoteas. De un par de patrullas descienden varios miembros de la Policía, el CTI, Migración, Secretaría Distrital del Interior, Salud y del Establecimiento Público Ambiental. Ingresan con prisa al bar Club V.I.P. La plaza se llena con las personas expulsadas de ese y otros bares, con cara de haber sido condenas por el delito de querer pasarla bien en Cartagena. La escena parece sacada de un capítulo de la serie Narcos. Por un instante imagino que se trata de una redada para capturar al mismísimo Chapo. El operativo termina un rato más tarde, con la captura del propietario del Club V.I.P. y el sellamiento de ese y otros establecimientos, por incumplimiento de las normas de ruido.

La plaza entra en letargo. Apenas sobrevive la salsa de Donde Fidel con la mitad del volumen. Los expulsados de la rumba deambulan de un lado a otro sin saber a dónde ir. A la mayoría parece que se les adelantó la resaca. “Ya se aguó la noche”, dice una Cleopatra que se ha sentado a mi lado. Me atrevo a preguntarle qué pasaría con ellas si la presión de las autoridades sobre el sector terminara por prohibirles estar aquí. Mi pregunta la pone pensativa y un poco molesta. Por unos segundos se queda reparando el paisaje lleno de sus colegas. Creo que en ese instante piensa en su historia, en la de sus compañeras, en cómo fue que eligieron ese oficio, en quienes se benefician de su trabajo, en los peligros que corren, en lo poco rentable que resultará aquella noche debido al sellamiento de los bares en donde suelen pescar clientes. Luego se vuelve hacia mí y responde: “No sé qué pasaría, supongo que nos iríamos a otra parte, siempre hay otra parte”. Entonces se levanta y se marcha, con expresión de tenacidad y congoja. La sigo con la mirada hasta que toma la Calle de Las Carretas y la pierdo de vista. Ya no le veo, pero la estela de su dulce olor se queda acompañándome.

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