La escritora colombiana Gloria Susana Esquivel es autora de la novela “Animales del fin del mundo”. Aprovechando su visita a Cartagena para asistir al Hay Festival, conversamos con ella acerca de su libro, feminismo, huevos Kínder, temores, la escritura y por qué en Colombia el fin del mundo es una noticia del entretenimiento.

Gloria Susana Esquivel

Foto: Revista Dinners

 

Por: Raúl Padrón Villafañe y Julio César Márquez Ariza

En el hotel Santa Clara de Cartagena, Gloria Susana Esquivel esperaba a Cabeza de Gato. Sus gafas de sol grandes, el juego de sus manos al responder nuestras preguntas, hablan de una mujer curiosa, con una mirada aguda para hallar en lo cotidiano los referentes para su narración. A propósito de su novela “Animales del fin del mundo”, y en el marco del Hay Festival 2018, conversamos con ella sobre el manifiesto Colombia tiene escritoras, la formación de escritores y su proceso de escritura. Fue una conversación fluida, tranquila, con una escritora joven, llena de ideas, con muchas cosas interesantes por contar.

Cabeza de Gato: Vimos que participaste en el manifiesto Colombia tiene escritoras ¿Cómo ves el panorama de las escritoras en Colombia?

Gloria Susana Esquivel: Me parece que es un panorama muy diverso, muy chévere, hay muchas muchas cosas. Con este “Colombia tiene escritoras” conocí a mucha gente que yo nunca había leído y que me pareció muy interesante conocer sus nombres, leerlas, tenerlas de referencia. Pero… ¿has visto los huevos kínder? Que en todas las partes del mundo venden un huevo kínder normal, pero acá hay huevo kínder de niño y huevo kínder de niña porque si yo, mujer, compro un huevo kínder de niño, no sé, me lesbianizo horrible o si alguien compra un huevo kínder de niña se mariquea. Y siento que a veces pasa algo así como lo del huevo kínder, que las escritoras están allá hablando de ellas y de su literatura, y los hombres acá, como si los hombres no leyeran a las mujeres, lo que es una falacia. Por ejemplo, ahora que Pilar Quintana se ganó el Premio Biblioteca de Narrativa, nadie está cuestionando el género de Pilar. Así debería ser. Nadie está diciendo que se lo dieron por mujer, porque realmente no se lo ganó por su género sino porque es una novela muy poderosa. Entonces como que se confunden las cosas. Hay voces muy potentes que se están ganando estos premios no por ser mujeres sino por ser talentosas. Y luego, en los temas mediáticos, en el tema editorial, les ponen la etiqueta mujer. Es como un machismo que no quiere ser machista.

¿Te sientes escritora mujer, o esa no es una etiqueta a la que quieras adherirte?

A mí lo que me parece es que es una etiqueta que va en contra de mi talento, porque si me quieren leer por ser mujer y no por mi trabajo, es como: ”Ay, sí, vamos a ver la mujer cómo escribe”. Yo siempre hago el chiste de: “Se los juro, yo no escribo con mis tetas, yo escribo con mis dedos”. Eso, por un lado.

Lo que pasa es que todos los temas de género son zonas llenas de grises, por eso es tan interesante seguir conversando sobre ellos. Todo este proceso ha sido muy interesante porque nos ha dado mucha visibilidad, una que no teníamos antes, pero, por otro lado, es una etiqueta que no me beneficia mucho a mí, sino que beneficia a las editoriales, y permite que se caiga en un feminismo de camisetas. Me pongo una que diga “Feminist” y ya soy la más feminista. Y luego guardo mi camiseta y sigo no pensando. Y lo que importa es pensar y cuestionarse.

¿Por qué elegiste la voz de una adulta para contar la historia de “Animales del fin del mundo” y no la voz de la niña misma?

Porque era muy difícil. Yo leí muchos libros en los que el niño era el que hablaba, por ejemplo “Papi”, de Rita Indiana, que es un libro muy chévere y lo recomiendo mucho. Ella es una escritora de la República Dominicana, tiene una banda de merengue. Y ella logra escribir como una niña porque es una mujer del caribe, con todo el swing del mundo, y juega mucho, entonces puede imitar muy bien la voz de un niño porque es muy lúdica. Y, si yo intentaba hacer eso, iba a quedar en ridículo porque yo no tengo ese swing, esa lúdica. Y porque finalmente es un artificio, un niño nunca va a poder pensar cosas tan complejas, a veces se cae mucho en la caricaturización. Hacerlo bien era algo para lo que no me sentía capacitada. Uno tiene que conocer también sus propios límites.

En cambio, si tenía una voz adulta, todo era un recuerdo y podía dedicarme más a mirar desde la distancia. Hay gente que piensa, por momentos, que es la voz de un niño y dicen: “¡Uy!, ¡No!, ¡Le salió mal la voz del niño!” y está bien porque es un adulto

¿Por qué el fin del mundo?

Siendo una niña muy miedosa y muy neurótica, me dijeron que en el año dos mil se iba a acabar y pensé que “¡No!, ¡Paila!, ¡Mi vida se acabó también…!”. Especialmente porque decían que la virgen de Fátima lo había dicho.

Y justo cuando comencé a escribir este libro era el año 2012, que era otro año en que se iba a acabar el mundo, que Los Mayas habían dicho. Y en esa época pusieron un petardo en Bogotá, y un amigo que trabajaba conmigo vivía muy cerca del petardo y él llegó un poco tarde. Y le pregunté “¿Qué pasó? ¡Qué heavy, el petardo por tu casa esta mañana”!  Y él dijo: “De verdad lo primero que pensé fue: Los Mayas tenían razón, se está acabando el mundo”.

Y entonces sentía que esto se relacionaba con muchas cosas. Primero que siempre están hablando del fin del mundo. Y que cuando uno es chiquito uno piensa: “ojalá no se acabe nunca” y de grande es: “ojalá llegue mañana porque tengo mucho que hacer”.

Eso, por un lado, por el otro, que acá en Colombia eso del fin del mundo es una noticia de entretenimiento, porque acá pasan cosas mucho más violentas, todo el tiempo se nos está acabando el mundo, y nosotros nos vamos acomodando a esa violencia todo el tiempo. Por ahí va el juego.

¿No tiene que ver también con la infancia como el fin de algo?

Sí, claro, también hay algo de eso, porque esta niña está en un momento clave. Hace poco me dijeron que antes se consideraba que a los siete años se tiene uso de razón, que, a los seis, la edad de Inés, se acaba algo. Para mí era muy importante ver cómo esta niña, que todo el tiempo está muy asustada porque el mundo se acabe, y este miedo es también una protección porque su familia es un desastre, y se está acabando su mundo todo el tiempo.

Hay una duda que nos surgió leyendo tu libro. Es una novela narrada en primera persona y los lectores suelen tener la tentación de interpretar estas narraciones como autobiografías encubiertas.  ¿Te ha pasado que algún lector se te acerque, o un familiar o un amigo, y te diga que eso no fue así, que tu abuelo no era una bestia?

Sí, me pasa mucho. A veces yo hago el chiste de que hubiera cambiado el nombre del personaje, que ya no se llamara Inés, que se llamara Gloria, y que fuera toda una autobiografía y que sería un tema para que me estudiaran los teóricos de la primera persona, pero no se me ocurrió antes de publicarlo.

Hay muchas personas que me conocen y piensan “ah, mira, esta es tu historia” y luego cuando les cuento que, por ejemplo, mis papás no se han divorciado, se sorprenden muchísimo. Hay cosas autobiográficas que no son las obvias.

Al hacer el ejercicio de escribir sobre la infancia, lo que quería hacer era jugar mucho a ser una traductora, entonces quería jugar mucho con las sensaciones que yo recordaba. Hay sensaciones en el libro que son autobiográficas porque yo las siento así. La escena de la piscina, no es que haya sido así, sino que yo recuerdo ser niña y pensar que la piscina era algo inmenso, algo azul, peligroso. Y eso era lo que me interesaba, o sea sí hay una parte de las sensaciones que es muy autobiográfica.

También, la otra vez estaba pensando en algo que es muy bobo, por ejemplo, las canciones. Escogí canciones que escuchaba mucho de niña para el libro. Esos detalles, que no son la historia, son autobiográficos.

La historia como tal no lo es porque al principio era una historia más sobre el recuerdo y era imposible hacer una novela así. Yo vengo de escribir poesía y tuve que cambiar de género, de lógica y un montón de cosas. Y si yo hubiera intentado hacer una novela de solo recuerdos, de solo sensaciones, nadie se la hubiera aguantado porque no había una historia. Entonces necesitaba poner una distancia muy grande e inventar quien era esa niña, quienes eran esos personajes, qué es lo que le va a pasar y todo eso es ficción completamente.

¿Hubo diferencia entre escribir un libro de poesía y una novela?

Sí, es muy distinto. Como yo empecé a escribir haciendo poemas, siempre me había relacionado con la escritura más por ese lado. Luego fui periodista y era una relación con la escritura muy diferente porque hay datos, entrevistas, es otra cosa. Y se me ocurrió escribir una novela por accidentes de la vida y cosas de la maestría. Tuve que aprender otra lógica, porque la lógica del poema es la lógica de la imagen, la metáfora. La lógica de la novela es que hay un lector que quiere saber qué va a pasar, un lector al que hay que seducir, llamarle la atención.

Entonces fue un trabajo de aprender mucho de narrativa para poder darle la estructura apropiada.

Tu primer libro, el anterior a este. “El lado salvaje”, es un conjunto de poemas en conversación con Frank O’Hara, quien decía que era “un escritor en medio de artistas”. Lo interesante es que como artistas no somos inmunes a nuestro entorno y en este momento hay un boom del storytelling (creación de contenidos narrativos), en medio de otras formas de arte, y quisiéramos saber cómo sientes que te ha afectado tu entorno artístico.

Primero que todo, creo que soy una escritora muy joven, llevo escribiendo muy poco profesionalmente. Creo que, si yo fuera más grande, tuviera el talento de alguien mayor, con más recorrido, me gustaría hacer una escritura más experimental, con más tendencia a las artes plásticas. Admiro mucho a Mario Bellatin, me parece espectacular todo lo que hace porque yo creo que más que un escritor es un artista plástico. Y eso me parece envidiable porque el arte plástico goza de una materialidad que no tiene la literatura. Pero yo todavía no me atrevo a dar esos saltos que da Bellatin, y mis temas y mis preguntas personales no son las de él y están más relacionadas con lo literario. Y sería una copia muy desteñida si lo quisiera imitar, no funcionaría.

Entonces creo que si se me dieran el don de hacer lo que yo quisiera, haría algo así, algo lejos del storytelling y más cerca de las artes plásticas, porque me inquieta mucho estéticamente eso. Pero como no, siento que ahora lo que hago es una narrativa que cuenta una historia. Incluso mis poemas, a veces, tienen muchas historias adentro, y creo que sí, estamos en un momento en que los contenidos están en boom, como las revistas digitales… Todo el mundo está escribiendo y produciendo contenidos todo el tiempo. Esto funciona muy bien para una escritora joven que busca formas de ganarse la vida, hay maestrías de escritura creativa donde uno puede enseñar, hay talleres que uno puede impartir… porque creo que la gente sí está buscando eso, aprender a contar historias.

Gloria Susana Esquivel 1

Foto: Prensa Hay Festival

Hiciste la maestría de escritura creativa en la NYU, y en este momento en Colombia hay tres maestrías en el tema, en la Universidad Nacional, Universidad Central y en el Instituto Caro y Cuervo. ¿A qué crees que se deba la existencia de estos programas? ¿Te parece posible educar para ser escritor?

Hay varias cosas allí. Primero, eso es una tradición gringa muy vieja, como de los años 40. Hay escritores de esos que uno ha leído toda la vida que son formados en escritura creativa, entonces es como toda una discusión acerca de si el escritor se hace o nace, pero en Estados Unidos hay toda esta tradición de personas que estudian escritura creativa como pregrado, y lo que hacen estas narrativas no es convertir a nadie en escritor, sino que le enseñan a la gente a desarrollar contenidos. Muchos de los guionistas de las series y muchos publicistas tienen un grado en escritura creativa. Es una carrera que está mucho más profesionalizada en el mundo gringo.

Ahora aparecen acá, en el mundo hispanoparlante, y entonces, por un lado, es chévere porque la gente quiere contar historias. Quiere narrar. Pero, por otro lado, hay que amoldar estos programas a nuestra tradición. Acá la cultura y la literatura tradicionalmente se cree que están ligadas a personas muy cultas, de la elite, y no siempre es así. Por otro lado, el mercado editorial colombiano es mucho más pequeño, entonces no pasa lo que ocurre en las maestrías gringas en que uno entra y hay scouts literarios que te están buscando. A mí me parece chévere profesionalizar el oficio. En el Instituto Caro y Cuervo, que es donde enseño, lo que hacemos es pensar la escritura. Claro que la gente escribe, pero sobre todo nos enfocamos en pensar qué es lo que escriben, por qué lo escriben así y en darnos cuenta de que la escritura es un ejercicio intelectual. Escribir no es solo decir: “estoy inspirada, llegó la musa”. Hay que preguntarse qué es lo que quiero decir, qué es lo que voy a decir y cuáles son las mejores maneras para decirlo.

Esta mañana, en uno de los conversatorios del Hay Festival, uno de los participantes (Nando Lopez) dijo que había una relación entre la escritura y el Psicoanálisis. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación?

Yo te diría que sí, porque soy muy fan del psicoanálisis. Mi clave para escribir la novela fue la voz de una persona que va al psicoanalista. Para mí, a la hora de corregirla, tenía que ser así.

Más allá de eso, creo que efectivamente la escritura tiene mucho con el psicoanálisis, porque el mismo consiste en leer a alguien, leerse uno mismo.

Encontramos que te defines como neurótica, o que tienes rasgos neuróticos. ¿Crees que eso ha afectado tu escritura?

Creo que la escritura me ayuda con mis neurosis. Soy un chiste de esos andantes, como de comedia gringa, de típica persona que todo el tiempo siente que el mundo es demasiado para ella. Ahora que venía para acá, le tengo mucho miedo a los aviones, me tuve que tomar una pastilla, entonces ahora estoy toda como “Paz y amor”, pero yo no soy esta persona.

Lo que pasa con la escritura es que a veces uno escribe cosas y las deja ahí y luego vuelve a leerlas y redescubre algo que se había olvidado, que fue muy de uno, pero nunca se volvió a pensar en eso. Siento que la escritura ayuda mucho a reconocerse. Sigo siendo neurótica, pero ahora puedo jugar con eso también y puedo hacer personajes que siempre tienen miedo o que están permanentemente como en la cuerda floja. Y eso me parece divertido, que sufran como yo sufro.

¿Qué significó para ti estar en la lista de los 20 libros latinoamericanos de 2017 de El País?

Me sorprendió mucho. Sentía que, si nadie me leía en Bogotá, ¿quién me iba a leer en España? Pero digamos que es de las cosas que pasan con la escritura, que a veces uno escribe un artículo y llega a alguien en Sudan. Son botellas al mar que uno va tirando.

¿Cómo se ha sentido ver que ese libro que te tomó cuatro años se ha convertido en algo que ha llamado la atención de tantas personas?

Es muy raro porque la escritura es un oficio muy solitario. Yo soy una persona muy solitaria. Si me dejan sola en mi casa con Netflix una semana, yo soy feliz. Y es muy raro publicar porque uno se hace público y es un proceso muy lento. Yo estaba acostumbrada al periodismo donde uno publica también, y la gente dice algo ahí mismo y te comenta en Facebook y ya, se acaba y se olvida. En cambio, acá es súper lento porque nadie te dice nada y de un momento al otro pasa algo sorprendente.

Hace poquito, creo que esta es de las cosas más chéveres que me han pasado, me escribió una chica que su terapeuta le había recomendado mi libro y que le había gustado mucho y no sé qué. Y a mí me pareció súper bonito, porque es la lectura desde otro lado y porque se acercó a escribirme. Esas cosas son muy satisfactorias, pero no pasan todo el tiempo. En verdad es casi lo único que me ha pasado en todo un año.

Tienes un blog, que es tu diario, ¿qué tan importante es el blog para tu escritura?

Antes estaba más relacionado, era un lugar en el que tomaba notas y eso se convertía en algo siempre. Era un espacio de borradores para muchas cosas. Y ahora ya no tanto porque mis papás lo comenzaron a leer. Y mi papá me dice: “pero yo no estaba haciendo eso ese día”, y yo: “chao”. Entonces ahora está muy quieto, pero era un cuaderno de notas chévere.

Y para terminar: Podrías recomendar a los lectores y lectoras tres escritoras que tu consideres que deberían leer.

Recomiendo a Samanta Schweblin, una argentina muy chévere que ha escrito muchos cuentos y una novela corta que se llama “Distancia de rescate”. Margarita García Robayo, de “Tiempo muerto”, cartagenera. Es una voz muy diferente a la que estamos acostumbrados a leer en Colombia, creo que eso hace que sea muy valiosa. Y Pilar Quintana, con “La perra”, que es una gran novela, muy fuerte, muy dura, como para la gente que cree que las mujeres son dulces y rosaditas. Es rudeza pura.

 

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