“Húmedo el rostro de sudor pero fresco el cuerpo bajo la ligera tela que nos viste, exhibimos todo el feliz cansancio de un día de bodas con el mundo”.

Albert Camus, Bodas

Hace un año me propuse escribir un libro de viajes para enviar a un concurso. No escribí acerca de todos los viajes que realicé en mi vida ni los momentos que necesariamente, por su esplendor o por su rareza, hubiese sido conveniente narrar; algunos, como en un altar de la memoria, decidí guardarlos para mí, otros, los hallé intraducibles. No había armonía evidente en aquellas narraciones, ni sentido de proporción, eran leves o desmesuradas; impresiones del día; recuerdos de recuerdos, fragmentos de cartas, notas al vuelo, ficciones, devaneos, cavilaciones. Creí que el caos, en su fecunda plasticidad, sería la forma que mejor se adaptaría a estos relatos. Porque en última instancia, para mí, viajar y escribir, requieren de un mismo abismarse hacia lo desconocido. El orden, si está presente, lo está de forma titilante, repetitiva; pienso que las preguntas que nos mueven a lo largo de la vida son siempre las mismas, las respuestas varían sutilmente según los paisajes.

viajeras argentinas Ecuador

Marina Menegazzo, de 21 años, y María José Coni, de 22 años, originarias de la provincia de Mendoza, Argentina, habían llegado a Ecuador para pasar una temporada de vacaciones.

Como quien lee un libro, viajar obliga a un esfuerzo por aprehender las cosas, descubrirlas, amansarlas, hacerlas propias, establecer pausas, silencios, retomar la ruta. Tiene un principio y un fin y el acto es en sí mismo transformador. Porque en el viaje y pido disculpas si caigo en un lugar común, lo que se revela en última instancia, es un yo desconocido y rutilante que vive dentro de uno mismo y eso suele suceder con mayor intensidad (al menos en mi caso) si viajo sola. Es en ese movimiento hacia afuera, donde ya no somos lo que estamos acostumbrados a ser.

Durante un vuelo de Buenos Aires a Tailandia, recuerdo haber seguido con cierta angustiosa ansiedad el mapa del trayecto en la pantalla de la silla. Me di cuenta de que cuenta por primera vez en mi vida, estaría realmente lejos de mi casa y de todo lo conocido, más allá de África, más allá de la India. Por un instante temí nunca regresar. Solamente eso, olvidar el camino de vuelta, no saber volver.

El 22 de febrero de este año dos viajeras argentinas fueron asesinadas brutalmente luego de que se resistieran a ser violadas. Se especularon a partir de entonces muchas cosas alrededor de esas muertes tan terribles. Considero alarmante la cantidad de gente, incluida la infinitamente ignorante subsecretaria de turismo de Ecuador, que salió a decir que eso les había sucedido a las chicas por haber estado viajando solas. Violentas como golpes fueron las palabras de quienes se atrevieron a decir que ellas “se lo habían buscado”.

Nada de lo que se diga, será suficiente para honrar la muerte de ellas o de todas las otras mujeres que mueren a diario en el mundo, víctimas de la violencia. Las mujeres, como los niños, lamentablemente, somos un sector vulnerable de la población.

Hacernos creer que necesitamos la presencia de un hombre para conocer y explorar es tan obtuso como quien pretende que las mujeres vean el mundo a través de una rendija en sus vestiduras, tan obcecado como creer que somos frágiles animales de compañía.

Ante la constatación de esta realidad ¿qué hacer? No sé cuáles son las medidas políticas o sociales que los gobiernos de los distintos países tendrán que adoptar para evitar este tipo de actos violentos contra las mujeres y, en este caso, contra las mujeres que viajan, pero sí sé que limitar nuestro derecho a circular por el mundo, a ser autónomas y libres, no es una de ellas. Hacernos creer que necesitamos la presencia de un hombre para conocer y explorar es tan obtuso como quien pretende que las mujeres vean el mundo a través de una rendija en sus vestiduras, tan obcecado como creer que somos frágiles animales de compañía. Ante el miedo propongo el derecho a abismarse, a perderse, a descubrir en el corazón mismo de las cosas, el mundo.

Share