Colombia se anotó una victoria jurídica gracias a la decisión de la Corte Constitucional de aprobar el matrimonio igualitario.

Ahora que el derecho a contraer nupcias está garantizado para todas las personas en este país, vale la pena reflexionar en torno al matrimonio como institución, los estragos que muchas veces genera en el amor y explicar, de la mano de grandes pensadores, por qué lo difícil viene después del “sí, acepto”.

I

“Si te asusta la soledad, no te cases”, dijo alguna vez Anton Chéjov. La paradoja de la frase salta de inmediato a la vista. La mayoría de las personas ven en el matrimonio un recurso para escapar de la soledad, sin embargo, en la práctica, muchos matrimonios logran duplicar la soledad de los contrayentes. No mucho tiempo después de dar el “Sí, acepto”, pareciera que compartir cama y techo, en lugar de unir, distancia a la pareja.

II

Quizá ese alejamiento en la cercanía tenga que ver con lo que alguna vez dijo Abraham Lincoln, “el matrimonio no es ni el cielo ni el infierno, es simplemente un purgatorio”. Esta última es una alerta en la que pocas parejas reparan antes de embarcarse en el compromiso nupcial. Muchas personas creen todavía en el final de los cuentos de hadas, en los que el príncipe y la princesa se casan y son felices por siempre. Como si luego de dar el “sí, acepto”, simplemente correspondiera quedarse a esperar a que la felicidad en pareja ocurra por sí sola. Gran parte de la educación emocional que recibimos se enfoca en adiestrarnos para los esfuerzos que implica conseguir pareja y no en cuanto a los que exige lograr que la felicidad ocurra y perdure después del matrimonio. No en vano, Frank Sinatra decía que “un hombre no sabe lo que es la felicidad, hasta que se casa. Pero entonces es demasiado tarde”.

III

Acostumbrados a los finales de los cuentos de hadas, de las novelas mexicanas y de los romances de Hollywood, la educación de pareja que se recibe de la cultura pop en general es que el matrimonio es un fin y no un comienzo. La realidad enseña que, por el contrario, el matrimonio consiste en una promesa, más no en una garantía de felicidad. En ese sentido, el “sí acepto”, es el inicio de un reto que implica trabajo, mucho trabajo.

IV

Decía el  filósofo francés Michel Montaigne, que “un buen matrimonio sería aquel entre una esposa ciega y un marido sordo”, dando a entender que la clave para que no se rompa el contrato de permanecer juntos, fuera que la pareja se ignore mutuamente, se resigne ante los defectos del otro, o calle lo que genera inconformidad. A este mecanismo recurren muchas parejas que permanecen juntas por años, sin que la felicidad juegue un papel en su relación, lo que conlleva a que el “sí, acepto” se convierta en la resignación ante un castigo. El cineasta Woody Allen alguna vez afirmó que “el matrimonio era la muerte de la esperanza”.

V

Muchas personas optan por el matrimonio sin saber muy bien en qué se están metiendo, presionados por la familia, la sociedad y el consejo de muchos que viven infelices en un matrimonio, y a quienes les parece injusto que otros no padezcan lo mismo. No falta la mamá, la abuela, el papá o incluso las amistades, que presionan a aquel que no se ha casado para que lo haga, con una lista de consejos no pedidos según los cuales el único estilo de vida es compartir en pareja. Es como se menciona en el libro El diario secreto de Adrian Moel, “al padre de Adrian le molestaba que tanta gente se divorciara por estos días, cuando él había estado infelizmente casado por 30 años, ¿cómo así que otros iban a zafarse del asunto?”

VI

Decía Albert Einstein que “Los hombres se casan con la esperanza de que sus mujeres nunca cambien y las mujeres se casan con la esperanza de que sus maridos cambien; lo que invariablemente lleva a que ambos se sientan decepcionados”. Muchas personas le apuestan al matrimonio aún a sabiendas de aquellos detalles de su pareja que no soportan y dan el “sí, acepto”, creyendo que el matrimonio es la solución para los problemas estructurales que ya tiene la pareja. La práctica demuestra que el matrimonio, lejos de solucionar, acentúa aquello que disgusta de la pareja, pues empieza a verse con la lupa de la rutina y de la obligación de permanecer juntos hasta la muerte.

VII

Y es que los términos del matrimonio, al ser un contrato en que dos partes se obligan a estar juntas, exclusivamente, pareciera ser totalmente contradictorio a lo que es el amor, en donde una pareja desea estar junta. Con razón la actriz Mae West decía que “el matrimonio es una gran institución, pero no estoy lista para una institución”. La obligación lleva en muchos casos al final de la pasión y es ahí cuando los términos del matrimonio, que lucen prometedores en el papel, se vuelven incumplibles en la vida real. Entonces sucede lo que Gustave Flaubert menciona en Madame Bovary: “Ella estaba tan saturada de él, como él cansado de ella, que Emma redescubre en el adulterio toda la banalidad del matrimonio”. Si se casa para ser infiel, ¿entonces para qué se casa?

 

Hasta aquí la primera parte de este artículo. Publicaremos la segunda la próxima semana, estén pendientes.

(Lea la segunda parte aquí)

Share