Tras una década de compartir amigos, dos años de estarnos coqueteando a la distancia, tres meses de negociar un primer encuentro y trescientos sesenta y cinco días de estar saliendo, Carolina decidió que, aunque no vivíamos juntos, debíamos adoptar un perro entre los dos. “Somos ese tipo de pareja”, intentó explicarme. “Nuestro amor es viscoso y le tomará años irnos decantando en direcciones contrarias. ¡Dale! ¡Adoptemos un perro juntos! Le podríamos brindar un lindo hogar y padres amorosos mientras viva”. A mí no terminaba de convencerme la idea de añadir a nuestra lenta dinámica de pareja un sucedáneo de hijos, pero para entonces pocas cosas me importaban más que hacerla feliz.

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Menos de una semana después, adoptamos a un perro de tamaño mediano, raza indefinida, abundante pelaje negro (como ambos de nuestro cabellos), piernas largas (como las de ella) y una mirada de incomprensión y sumisión ante las circunstancias del mundo que me recordaba a la mía propia. Era un can dulce que se esforzaba visiblemente en entender cada pequeña cosa que le decíamos. Era también, como nosotros, un poco viscoso. Se tomaba su tiempo para todo; paladeaba cada una de las pepas de su concentrado, como si su anterior dueño le hubiera enseñado que debía masticar 35 veces cada bocado para no engordarse, y, cuando lo llevábamos al parque, se acostaba en la hierba bajo el sol y se retorcía en cámara lenta. El único momento en que se daba prisa era cuando despertaba de una de sus siestas y se encontraba solo, entonces lo oíamos corriendo de cuarto en cuarto, agitado, hasta que nos encontraba y nos llamaba con un alegre ladrido antes de volver a acostarse a nuestros pies o entre nosotros. Lo bautizamos Mamut, pero, en una especie de juego interno, rara vez nos referimos a él con un nombre distinto a Nuestro Amor.

Perro negro labrador 1

Nuestro Amor se orinó en la cocina; Nuestro Amor necesita hacer nuevos amigos; Nuestro Amor no ha comido en todo el día, cuando vengas acuérdate de comprarle las pepas que le gustan; ¿Por qué no te gusta llevarte a Nuestro Amor para tu casa?; Nuestro Amor no quiere pararse de la cama; Nuestro Amor parece más viejo de lo que es, ¿no te parece?; Nuestro amor está enfermo, no, no sé si habrá comido algo raro; Nuestro Amor se está engordando… Creo que lo nombrábamos en una de cada cinco frases que nos decíamos. Pero era apenas normal, ya que los padres de Nuestro Amor se sentían culpables de descuidarlo y ser incapaces de brindarle un hogar más tradicional.

“Ustedes dos se parecen mucho, hasta ponen las mismas caras”, me dijo un día Carolina mientras me buscaba pulgas en la cabeza y la espalda. Cada vez que nos comparaban el perro agitaba la cola sin levantarse y resollaba, que es la forma en que algunos perros se ríen.

Y Nuestro Amor era risueño. Lo oía carcajearse cuando Carolina me palmeaba en la cabeza y me decía “Buen chico”, o me mandaba a caminar un rato porque me notaba ansioso, o me amenazaba con un periódico cuando no dejaba de olerlo todo.

Un día, Carolina se ganó una beca en Londres y decidió irse del país. Yo hubiera preferido que se quedara, pero, fuera de ponerle ojos tristes y gemir como un cachorro, hice poco por convencerla. Me pidió que me quedara con el perro, porque sentía que Nuestro Amor no sería capaz de sobrevivir en un lugar tan caótico y extraño.

Eso fue hace años.

Ayer, Soledad encontró el plato de Mamut y me preguntó si había tenido un perro. Respondí que sí, que una novia me lo había dejado porque era nuestro amor hecho carne, que yo había puesto por única condición que sólo lo alimentaría cuando ella me escribiera o llamara. Y que, a pesar de eso, ella lo había dejado a mi cargo.

Al principio, le fui contando, nos veíamos todos los días y ella me mandaba mensajes deseándome besitos con cada comida. Así, el perro había engordado rápidamente porque le llenaba el plato cinco o seis veces al día. Le conté también que pronto nuestras conversaciones habían empezado a espaciarse y que, quizás porque estaba demasiado ocupada para comer, sus mensajes con besos dejaron de llegar. Y añadí que yo había hecho lo prometido.

“No fuiste capaz” me dijo Soledad, con una sonrisa expectante.

“Claro que fui capaz” respondí serio. “Dejé de darle comida tan a menudo e, incluso, desarrollé una tabla para calcular qué tanto debía llenarle el plato según la satisfacción que me produjera verla. Pero para entonces todavía me contactaba todos los días, ya fuera porque me mandaba una cara sonriente a la medianoche o porque me contestaba “Estoy ocupada, luego te hablo” cuando le escribía. Y al perro le convino estar a dieta, se puso bonito, esbelto.”

“¿Quieres agua?” le pregunté a Soledad y me levanté sin esperar su respuesta. “Sí, por favor” me dijo ella cuando ya estaba en la cocina, “Un vaso grande”.

Cuando regresé a la sala, la encontré examinando el plato. “Y… ¿qué pasó luego?”

“Nada, lo normal, nos fuimos alejando y yo alimenté menos y menos al perro. Al final, cada uno de sus huesos se le marcaba bajo la piel, pero, aún entonces, Mamut seguía siendo un perro dulce que nunca me culpó de su hambre y que cada vez que regresaba se levantaba de su rincón, con evidente esfuerzo, y se acercaba a mí intentando mover la cola. Y bueno… un día…”

“No. Mejor no sigas… Creo que sé para donde va esta historia y es mejor que me vaya”, dijo ella antes de apurarse el vaso de agua, dejar el plato de Mamut sobre la mesa y salir del apartamento. No había sido la mejor cita de la historia, pienso ahora.

Hoy, mientras me estaba bañando, Soledad me escribió: “¿Qué pasó luego? Al final lo diste en adopción, ¿cierto?”

“Sí” le escribí. Y continué en otra línea: “Cuando ya estaba muy flaco, lo encontré en su rincón en la cocina, temblaba. Entonces le escribí a Carolina el último mensaje que jamás le mandé: “Quería informarte que Nuestro Amor ha sido dado en adopción a una granja de pollos en la que podrá tomar todo el sol que quiera.”

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